La implosión

La implosión

Raúl Prada Alcoreza





La implosión













La implosión es precisamente lo contrario de la explosión, por así decirlo. La explosión sale afuera, se despliega con fuerza expansiva; en cambio, la implosión se sumerge, para decirlo de esa manera. ¿Se puede sugerir la figura de que en la implosión, la explosión se da adentro? Esta es una pregunta sugerente, sobre todo, para la interpretación, además para la conceptualización. Tomando en cuenta la pregunta, fuera de tomar en cuenta la reflexión o las definiciones anteriores, lo que importa, ahora, es usar este concepto de implosión, para interpretar lo que ocurre cuando una forma de gubernamentalidad se desmorona.

Los órganos de poder del Estado venezolano se encuentran confrontados, aunque uno de ellos sea la minoría, la Fiscalía General, compartiendo la confrontación, con el Congreso, que está ocupado por la llamada “oposición” – en esta confrontación, no hay dos lados confrontados, sino tres; la “oposición” se enfrenta al gobierno desde las posiciones tradicionales de la denominada “derecha”; en cambio, la Fiscalía General lo hace desde el legado de Hugo Chávez -,  y los otros la mayoría, el ejecutivo, el Tribunal Constitucional, El Tribunal Electoral. Esto que ocurre en la super-estructura política, usando esta figura marxista, interpretada, empero, de distinta manera por las corrientes marxistas, de alguna manera, refleja lo que ocurre en la sociedad, que también está dividida. Antes se decía, cuando se dieron los penúltimos resultados electorales, sobre todo, de la última elección presidencial, que la sociedad estaba prácticamente dividida como en dos mitades. Sin embargo, en las últimas elecciones legislativas, el resultado mostró que la mayoría absoluta esta contra el “gobierno progresista”, que exactamente no es sucesor de Hugo Chávez, sino el heredero beneficiado por la sucesión.

El “gobierno progresista” no tiene la mayoría absoluta, como lo tuvo durante las gestiones de los gobiernos de Hugo Chávez. Ahora es minoría, de acuerdo a la votación en las elecciones legislativas. No es que el grueso de la población venezolana apoya a la “oposición”, sino como dicen en los barrios populares, se le dio un voto castigo a Nicolás Maduro y a todos los entornos, que conforman el gobierno oficialista y parte del Estado, tomado por esta expresión política heredera.

Hasta hace poco, todo parecía un conflicto entre la “oposición” y el gobierno; empero, ahora, en el tráfago de los acontecimientos, el conflicto se ha extendido, ahora se da entre gran parte del pueblo y el gobierno, que se ha atrincherado en los órganos de poderes del Estado que controla. Aquí o en esta coyuntura, en sus circunstancias desbocadas, no se puede decir, de ninguna manera, que se trata, como lo dice el gobierno, de “defender el gobierno revolucionario” o caer en manos de la “oposición de derecha”. Este reduccionismo es el argumento que emplea para mantenerse en el poder, cuando parece que lo ha perdido, sobre todo, en lo que respecta a la legitimidad.

El desafío histórico es otro; ¿Cómo continuar la revolución? ¿Cómo continuar la lucha? ¿Cómo evitar que la revolución se detenga en su termidor, de “derecha” o de “izquierda”, y continúe? Se sabe que un retorno de la “oposición”  corresponde al termidor de “derecha”; lo que no está suficientemente claro es que si se mantiene el gobierno de Maduro, lo que parece ya muy difícil, dada la intensidad de la crisis, corresponde al termidor de “izquierda”. Por ambos lados muere la revolución.

Pregunta: ¿Podrá el pueblo venezolano resolver el problema y el desafío que enfrentaron anteriores revoluciones y no pudieron hacerlo? Esto de continuar la revolución y salir del círculo vicioso del poder. No lo sabemos; empero, lo sugerente de la coyuntura álgida, es que ha aparecido, se ha pronunciado y está actuando, la tercera opción; la hemos llamado alternativa al callejón sin salida[1]. La Fiscal General ha asumido valientemente la defensa de la Constitución bolivariana y del legado de Hugo Chávez, enfrentando a la simulación política, a la impostura y a la suplantación de la revolución, por parte de una coalición clientelar. Ella viene apoyada, aunque no coincidan del todo, por exministros de Chávez, por intelectuales críticos de izquierda y, sobre todo, por el pueblo, por lo popular de los barrios chavistas, que ya se atreven a salir a defender la revolución bolivariana contra la coalición de los oportunistas.

El Tribunal Supremo de Venezuela congela las cuentas y prohíbe la salida del país a la Fiscal General, Luisa Ortega. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de Venezuela aprobó este miércoles medidas cautelares en contra de la Fiscal General Luisa Ortega, las cuales incluyen una prohibición para salir del país y el congelamiento de sus cuentas bancarias. En un comunicado, el TSJ informó que las medidas son preventivas ante la apertura de un "antejuicio de mérito" en contra de Ortega por "la presunta comisión de faltas graves en el ejercicio de su cargo". Esta medida, por cierto inconstitucional, muestra el alcance de la crisis; hasta donde ha llegado. Lo que no se puede hacer constitucionalmente, incluso institucionalmente, se hace. Todo ya develando en una confrontación no democrática, sino violenta; no nos referimos solo a la represión del Estado policial en las calles, sino también a estas violencias puntuales, a estos forcejeos, empellones, alocados, por excluir del escenario político a uno de los poderes del Estado.

El gobierno de Maduro no enfrenta una “conspiración”, que nombra asiduamente, en la costumbre discursiva palaciega, como de “derecha” e “imperialista”, sino enfrenta el propio vacío, el ahuecado fondo de una “izquierda” disfraza, suplantadora de la movilización social, del ímpetu desbordante del pueblo, de la invención política diferida del caracazo, la propia revolución bolivariana, la plebeya. La burocracia partidaria se apoderó de la creación plebeya, que acompasó con la rebelión carismática de un oficial nacionalista, al estilo de los caudillos populistas de mitad del siglo XX. Usa el prestigio y la convocatoria simbólica y política de este prestigio como medio para sus fines; la preservación del poder, en el camino rutinario de su círculo vicioso.


Lo que no quiere ver este “chavismo” deschavetado oficialista es que ya no se enfrenta solo a la “oposición”, como antes; tampoco, recientemente, a la juventud de las universidades y otros estratos medios; sino que enfrenta, ahora, al pueblo venezolano, que está harto del teatro político, además mediocre. Que quiere resolver los problemas básicos de sobrevivencia, de salud, de trabajo; que quiere poder responderse a las preguntas: ¿Qué ha pasado? ¿Por qué la revolución, que era esperanza y entusiasmo, se ha convertido en escasez de todo; no solo de bienes de consumo, de medicamentos, sino de ideas? Lo que no sabe el pueblo es que parte de la estructura de poder, la partidaria y gubernamental, es la nueva élite, los nuevos ricos. Si lo supiera, esta élite, que se sostiene en la confianza popular, es resultado de la usurpación de la revolución bolivariana, la élite tendría que escapar ante la furia del pueblo.

No interesa lo que diga esa “izquierda” apologista sobre estos “gobiernos progresistas”; lo que dicen es repetición de enunciados dichos antes, enunciados que han perdido contenido, pues lo enunciados quedan todavía, aunque las revoluciones hayan desaparecido. Lo que importa es lo que siente, piensa, dice, el pueblo. No es fácil abandonar esperanzas, expectativas, confianzas, sobre todo, el creer en los que se confiaron. Es todo un aprendizaje de las experiencias sociales y políticas dramáticas. Cuando se da el aprendizaje colectivo, el pueblo se libera de sus propios fetiches y se asume como protagonista de la historia, para decirlo de ese modo, usando esta representación de la concepción del tiempo lineal, que no compartimos, pero ayuda a comprender.

La Fiscal General, Luisa Ortega, ha decidido enfrentarse con todo, arriesgándose, a la impostura política. Este coraje de la verdad, para nombrar el título de un libro de Michel Foucault, nos muestra que hay voluntades para salir del círculo vicioso del poder, para no repetir lo mismo que en la historia política se repite, sino para cruzar el umbral del horizonte histórico-político-social-económico-cultural; en las condiciones que se da en la singularidad de las formaciones sociales. Para defender una Constitución que contiene las pasiones, esperanzas y proyecciones de un pueblo que se levantó, en el caracazo, contra una oligarquía despótica.

 

 

 

Se entiende que el oficialismo haga lo que hace, defienda lo que posee, parte del Estado, el privilegio de gobernar y de lo que se ha apropiado. Lo que asombra es la tenacidad con la que se aferra al poder; incluso arriesgando que se desate una guerra civil. ¿Por qué no evita que esto pueda ocurrir?  ¿Prefiere lograr sus propósitos a costa de destruir el país? ¿Qué clase de políticos son éstos que prefieren llevar lejos el enfrentamiento? ¿No son la paz y el país los bienes que hay que preservar ante todo? ¿Por qué embarcarse en el dilema absoluto del ultimatismo, ¡o todo o nada!?


La revolución no se impone, se la hace; es una fiesta popular llena de entusiasmo. La revolución no es un Estado, que es el que impone, si se quiere la Ley; pero también impone el capricho de los gobernantes. Cuando la “revolución” se impone ha dejado de ser revolución; es un Estado policial. Esta es la enseñanza de la historia dramática de las revoluciones en la modernidad. Sin embargo, estas lecciones de la historia política no se aprenden; se repite lo mismo, lo mismos errores, las mismas poses ultimatistas, autoritarias y patriarcales, como queriendo reincidir en lo mismo; en el mismo termidor de la revolución. ¿Por qué? ¿Para los que lo hacen el mundo es eso, el eterno repetir de lo mismo, tomar el poder, después esforzarse por preservarlo? ¿Creen que son la encarnación de la revolución, que son los paladines de la revolución, de la que se tienen que hacerse cargo?

Si se mata a nombre de la “revolución” es porque la nombrada no es una revolución o ya no es una revolución; ha dejado de serlo. Antes y ahora se mata a nombre de Dios; cuando comenzó la modernidad, toda vertiginosa y desbordante, con sus revoluciones, se mataba a nombre de la libertad; después, cuando se desbordó la revolución social, una vez convertida en Estado, se mataba a nombre del socialismo. ¿Qué clase de Dios, de libertad, de justicia conciben los que matan? Usan el nombre de Dios, de la libertad, de la justicia, para matar; para descargar sus frustraciones recónditas y sus furias atroces. Es la consciencia desdichada, culpable y resentida la que se desenvuelve en estas ocasiones como un ángel exterminador. ¿Ahora, en Venezuela a nombre de qué se mata? ¿De la revolución bolivariana? Si son los sepultureros mismos de la revolución, son el termidor de “izquierda” que acaba con la revolución; la culmina hundiéndola en el abismo de sus propios miedos y terrores.

¿A nombre de la revolución se puede hacer lo que venga en gana? Por ejemplo, suspender las actividades de la Fiscalía General, desconocer sus atributos constitucionales e institucionales, prohibir la salida de Luisa Ortega, la Fiscal General; lo que es prácticamente un arraigo. ¿Con que atribuciones se otorgan el empleo de estos recursos represivos? No son por cierto constitucionales, ni institucionales, menos democráticos; tampoco revolucionarios. Simplemente es el empleo abusivo del monopolio de la fuerza; nada más. Llamar a esto revolución es grotesco; más lamentable que haya “intelectuales” que dicen que , que esto es “revolución”, con todas sus contradicciones. ¿Qué concepción de la “revolución” tienen en sus cabezas? ¿La de Robespierre? Parece que se han quedado con la consigna de que “la violencia es la partera de la historia”, que no era otra cosa que figura panfletaria.

La crisis política, que además connota la crisis múltiple del Estado-nación, tiene la virtud de mostrar estas honduras, ocultas en tiempos sin crisis; honduras donde se guardan los peores prejuicios, las más enredadas pretensiones, los más ateridos odios, además, acompañados por las prácticas más mañosas y virulentas. En pocas palabras, los sujetos se muestran tal como son; evidencias sus desesperaciones, pero, también sus límites. En estas condiciones, hacer caso a lo que dicen, a sus discursos, en un desatino; ahí no se va encontrar ninguna clave para entender sus conductas despiadadas. Lo único que hay en esta locución es la inercia de la repetición de un discurso mecánico y aburrido, a no ser que se traten de sus despavoridas acusaciones: “traición”, “demencia”. Hay más suaves, pero, ese es también el tono, la búsqueda de la descalificación. No pueden discutir, debatir, argumentar, solo atinan a señalar como hacían los inquisidores, ¡el demonio! Esto es conservadurismo recalcitrante, en la forma más exacerbada. Esta violencia en la locución, en las palabras, en los procedimientos, en las acciones, devela el miedo que conmueve a los sujetos despóticos y autoritarios. Estos síntomas, estos ademanes airosos, no tienen nada que ver con la revolución. Se trata simplemente de poder, la seducción del poder, el sentirse alguien porque se está en el poder. No se quiere perder este privilegio y este escenario descomunal, donde ocultan sus miserias humanas y se muestran prepotentes, con las máscaras de protagonistas de guion de comedia.

Sin embargo, el problema principal no es esta simulación de la “revolución”, no son estos disfrazados de “revolucionarios”, que hacen uso de todo a su alcance para mantenerse en el poder, no es este termidor que amenaza a lo que queda de la revolución bolivariana, peor aún, amenaza al pueblo, con sus chantajes emocionales. El problema principal es cómo continuar con la revolución, sin que se detenga, ya sea por el termidor de “izquierda” o el termidor de “derecha”. El problema principal es cómo sale el pueblo del atolladero en el que se encuentra, chantajeado por el gobierno, llamado por la “oposición”, que le recuerda los periodos aciagos, donde no era nadie para el poder. ¿Cómo encontrar una salida donde el pueblo no dependa de convocatorias del mito, sino de su propia potencia social? Esta es la cuestión.

Esta es la responsabilidad del pueblo[2]. La responsabilidad no tanto ante la historia, frase que forma parte de los discursos de la modernidad, sino ante los pueblos del mundo, pues se trata de salir de la encrucijada, que toma la forma de circulo vicioso del poder. Cuando un pueblo se encuentra ante este desafío, de seguir adelante, sin retroceder, tampoco de orbitar en el campo gravitatorio del poder, simulando avances, cuando son repeticiones de lo mismo, en distintas figuras y tonalidades; su responsabilidad es encontrar la salida del laberinto.

En la crisis venezolana han aparecido senderos para encontrar esta salida. En resumen, sintetizando, la convicción naciente; se dice ni los unos ni los otros, ni el gobierno chantajista ni la “derecha” aterida al pasado y a sus propiedades; sino nosotros, el pueblo que se levantó en el caracazo, que sostuvo al proyecto del carismático caudillo, en su incursión soberana, nacionalista y social, que sostuvo el proceso constituyente, que fue el substrato pasional de la Constitución bolivariana, que sostuvo al caudillo en una y otra elección; el pueblo que ahora le toca, después de haber aprendido de la pedagogía política, hacerse cargo de sí mismo, realizar el autogobierno y la autogestión comunitaria, que se encuentran planteadas en la Constitución y, de manera inicial, en las comunas.

Pero, ¿cómo lograrlo? ¿Cómo salir del atolladero? ¿Cómo cruzar la encrucijada? Aunque suene tautológico, solo el pueblo puede resolverlo. Pueblo es un concepto universal, heredado de la episteme de la modernidad; lo usamos porque requerimos comunicarnos. En la comunicación se requiere, a pesar de los desplazamientos teóricos, los enfoques de la complejidad, de palabras y figuras que connoten significaciones conocidas en los imaginarios sociales. Pero, también pueblo, parece un concepto adecuado cuando se tiene que convocar. La convocatoria marxista al proletariado internacional, por más acertado que fuera, en lo que respecta a las condiciones sociales en el capitalismo, no deja de ser excluyente. Más problemático, cuando el proletariado sindicalizado, en la modernidad tardía, es un estrato privilegiado y minoría, en el contexto del proletariado nómada, no sindicalizado, super-explotado, que no goza de los beneficios de la ley del trabajo. Las luchas antimperialistas y de liberación nacional convocaban a pueblo. Ahora, en las condiciones de la crisis del sistema-mundo capitalista, en su etapa tardía, parece, nuevamente conveniente convocar al pueblo.

No tanto por su sentido universal, sino porque se refiere a la voluntad popular de la sociedad. Donde todos los estratos, si se quiere, todas las clases, diremos explotadas, aunque no solo, sino subordinadas, se encuentran ante la responsabilidad de liberar la potencia social. Ciertamente, quizás sea más adecuado teóricamente usar otros conceptos, mas bien, derivados del pensamiento complejo. Sin embargo, lo indispensable en las transiciones, en los umbrales que se cruzan, en los horizontes que se abren, sea usar palabras y conceptos conocidos, estirarlos como plastilina, otorgándoles otras connotaciones.

La pregunta entonces es: ¿Cómo el pueblo, con todas las diferencias, variedades y singularidades que lo componen, puede consensuar una salida? Bueno, acudiendo a la experiencia social política, parece que lo primero que tiene que hacer el pueblo es auto-convocarse. Requiere de un encuentro de toda la sociedad, para verse frente a frente, cara cara, percibirse, sentirse, olerse, escucharse, poner en mesa sus conjeturas, debatir, deliberar, sobre todo, reflexionar colectivamente. Reconocerse, es decir, verse a los ojos, para mirar lo que son realmente, no deducir de las estigmatizaciones lo que es el otro. La democracia radical, la que toca raíz, es la que busca y logra el consenso. Eso tiene que lograr el pueblo venezolano.

No hay receta, no hay clarividencia, menos de los intelectuales, hablamos de los comprometidos, no de los habladores y charlatanes. El consenso es más que inteligibilidad, que es lo que persigue la teoría; el consenso es un acuerdo social afectivo y convencido. El consenso es la ruta donde todos participan en el camino de construcción del porvenir. El consenso se logra cuando se sale del dualismo esquemático de la política institucionalizada, la del esquematismo del amigo y enemigo. El consenso está más allá del amigo y enemigo. El consenso aprecia el aporte de todos, los diferentes, sus interpretaciones, para deconstruir todas ellas y lograr interpretaciones integrales.

Para no alargar esto que ya parece un sermón, diremos algo que es como la conclusión de una evaluación de la historia política de la modernidad, que además, se remonta a los logros de las sociedades antiguas. La mejor invención política es la democracia, pues ella, en el sentido inicial, es autogobierno del pueblo. Que la modernidad haya adulterado la democracia, convirtiéndola en una institucionalidad de las delegaciones y representaciones, es parte de su hábito por la simulación, la instrumentalidad y el reduccionismo. En esta perspectiva, no se puede hablar de revolución sino es democrática.









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