Remembranza y despedida fraterna

 Remembranza y despedida fraterna


Sebastiano Mónada


Dedicado a mi hermano Alex.

 





Recuerdo el lejano Choreti,

un campamento perdido en el Chaco Boreal;

ha succionado del subsuelo el oro negro licuado.

Para entregarlo a la vorágine del mercado.

 

Estábamos en la extensión del campo,

donde dormían automóviles destartalados.

Te miré  en la proximidad del juego,

¡choferes al volante!,

sentí el afecto inmenso emergido

de la fraternidad mitológica.

La comprensión de la hermandad eterna.

 

Mucho después, con el tiempo acumulado,

conté esta anécdota a papá,

quien se sintió satisfecho por el afecto compartido.

Melodía sensible que atraviesa los tiempos,

que abole distancias en el recorrido.

 

Somos memoria hendida en el espesor del cuerpo sensible.

Somos el eterno retorno al origen.

El devenir de las remembranzas.

La invención del destino variante.

Somos la revelación de la sensaciones,

palpando los múltiples flujos 

de fenómenos en fuga.

 

Pienso en tu mirada escrutadora,

que horada el aire buscando el sentido.

Pienso en tu voz que suena a trueno,

que desata la tormenta.

Es el anuncio de trompeta

de la comunicación y el encuentro,

dando comienzo a la ópera.

Interprete de la saga familiar.

 

Pienso en tu manera práctica de entender el mundo,

en tus amistades que rondaban el barrio,

en los grupos territoriales de pose adolecente,

en las complicidades juveniles y secretas,

a las que acudías con alegría fogosa.

 

Pienso en tu manera de ser arquitectónica,

tus construcciones futuristas e imaginarias, 

deslumbrantes urbes babilónicas.

 

Pienso también en tu manera de vivir

y en tu manera de morir.

Una manera de caminar entre los límites.

En la orilla, donde el agua moja la arena,

impregnandola con congoja de mar,

donde la arena apacigua la compulsión de las olas,

debatiendo en el bamboleo acuático

reflexiones inconclusas.

 

Te fuiste como queriendo encontrarte,

como queriendo hallar en el recorrido

las respuesta a tus preguntas recurrentes.

 

Te fuiste cruzando la frontera de la vida y de la muerte.

Te fuiste abriendo el muro de las tinieblas,

Llevando en la mano la antorcha luminosa, 

encendida en tu nacimiento.


Te fuiste lentamente, silencioso,

con los ojos cerrados mirando el adentro,

con los ojos abiertos mirando el bucle de las fuerzas

que inventan la polifonía material.

 

Has sido hermano entre los hermanos,

gracioso y emotivo en el decurso de los años.

Afluencia de ritmos de canciones soñadas.

Gourmet conspicuo.

Supiste elogiar la comida picante,

el arte y la culinaria familiar.

 

Has sido humano entre los humanos,

¡Humano, demasiado humano!

Asombrado ante los avatares mundanos,

ante compulsivas peleas sociales,

ante insulsas pugnas políticas,

transmitidas por los medios oficiosos.

 

Fuiste constructor entre los constructores

de adobe, de ladrillos y de piedras.

Albañil, diseñador y artista.

También has sido pintor de paisajes fantásticos,

que inventabas con tus sueños.

Cuadros que repetías en la rugosidad de los colores,

usando tu ágil pincel noctámbulo.

Frágil ante la melancolía inedita.

 

Todo acaba en un instante,

el momento mismo,

donde se detiene el mundo.

Desenlace anunciado desde el mismo nacimiento.

Coyuntura crucial en la encrucijada,

que se interpone en el camino,

Teje con los hilos de la vida y de la muerte.

La textura y urdimbre de los símbolos cambiantes.

 

La muerte nos recuerda que la vida hay que vivirla plenamente.

Gozar la eternidad del instante.

La vida nos contiene en el devenir.

Ríos que nacen en sus fuentes de piedra,

resbalan por la cordillera de olas fosilizadas, 

inventando a su paso los valles

copiosos de sauces llorones.

Convirtiéndose en meandros interminables

serpenteando en las hendiduras de los bosques.

Metamorfosis de la serpiente sin ojos.

 

Te quedas con nosotros como inscripción inédita,

como recurrente narrativa de la memoria oral.

Te quedas con nosotros preservando tu rostro,

dibujado por la brisa tenue y silenciosa,

pintado con las aceitunas que guardan los gitanos.

Te quedas con nosotros en la intimidad de la palabra no dicha,

en los sonidos melancólicos de la palabra dicha,

en los signos que el lenguaje inventa,

buscando en los recovecos de la memoria

la odisea de tus pasos,

que marcan en el recorrido

el destino singular

que construyes al azar

Afirmando la necesidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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