Uthurunku
Uthurunku
Sebastiano Mónada
Dedicado a Vassil Anastosov
Uthurunku,
mamífero feroz amazónico,
también mitológico.
Arquetipo de la narración.
Figuración en quechwa, la lengua del maíz y las verduras
y en Aimara, la lengua de la quinua y de las papas.
Uthurunku
Megavolcán apagado, después de hacer estragos.
Silenciado el estruendo, se anima a exhalar las fumarolas
de niebla blanca
y a reptar súbitos movimientos imperceptibles.
Sigilosos sismos en intermitencias largas y discontinuas.
En las profundidades ocultas el océano magmático
aguarda airado.
Busca emerger desde las entrañas mismas de la tierra esférica .
Gigantesco cono pulido por el viento,
acompañado en su entorno árido
por la gramática geológica de las rocas.
Una población inmóvil de piedras hace la guardia
ante el megavolcán en reposo.
Piedras fragmentadas en el enfriamiento del magma,
fluido río de lava incandescente.
El megavolcán respira con esfuerzo
y cansado suda humo,
Desde el interior, ukhu, brota el vaho de sueños olvidados.
Parece hablar por la nariz como runk’u
un idioma de códigos indescifrables
Desde la cumbre se observa el altiplano inmenso,
la enorme meseta que se abrió paso entre serpientes fosilizadas
de las cadenas de la cordillera.
Conformando un derredor de Achachilas insomnes,
que meditan en torno a una fogata inexistente.
Al fondo se extiende la hilera de las cumbres nevadas,
que brillan temerosas recorriendo el ancho trayecto
a distancia considerable.
Temiendo, que el Uthurunku despierte,
ruja como jaguar apocalíptico,
salte feroz como felino alado.
Dragón mitológico que vomita fuego,
incinerando todo a su paso,
diluyendo la materia en un fluido incandescente.
El megavolcán observa orgulloso el tiempo transcurrido,
cientos de miles de años desde cuando rugió la última vez.
Es parte de la memoria planetaria, que se cuenta en años luz,
que recuerda el comienzo de todo sin evocación.
Un marrón oscuro se extiende en la explanada ondulante
del desierto de altura,
donde una breve brisa sigilosa recorre la quietud sabia
de las eternas rocas
y la extraña expansión del mutismo geográfico.
Los habitantes pétreos proliferan en un espacio mudo,
donde ha desaparecido el tiempo.
Sólo queda la memoria del origen petrificado
en la imagen estática del sosiego planetario.
En el lejano paisaje fronterizo un gigantesco risco tallado
por la erosión eólica parece apoyarse en otro peñasco plano,
edificado en su horizontalidad solida.
Es el perfil de un monolito que vigila el vacío,
la ausencia de todo acontecimiento.
Otra roca horadada hace de puerta cósmica.
¿Se inspiraron los ancestros de Tiwanaku en estas esculturas cinceladas por el viento?
¿Comprendieron los Amautas la transducción de las fuerzas fundadamentales?
Tallaron la escritura jeroglífica en piedra
para transmitir el conocimiento heredado
de remota época sin historia.
Labraron la roca para contruir templos de encuentros.
Esculpieron monolitos para vigilar el infinito
y decodificar con erudición las galaxias.
Ahora, en el instante eterno, las sabias rocas agradecen
la interpretación de los Amautas.
Se sienten reconocidas por las confederaciones esparcidas
en los Andes de varios pisos ecológicos
y en la Amazonia cultivada por ancestrales sociedades,
hace mucho tiempo desaparecidas.
Una composición monumental pétrea se aposenta,
arquitectura natural edificada en la antigüedad remota.
Ser ígneo solidificado, acumulación de tiempo inmóvil,
guardián del secreto del largo ciclo volcánico.
Observa desde el confín del mundo
el devenir de la vida.
A lo lejos, en la puna sembrada, un grupo de llamas ronda
buscando sustento.
La paja brava enfila su amarillo pálido,
Un montículo se curva a su paso,
rindiendo pleitesía al ganado.
En el camino, aprovechando las lagunas,
un bando de flamencos se remoja buscando en el agua
vibraciones desconocidas.
Proliferante la vida prosigue el despliegue de su potencia,
mientras el Uthurunku sumido en el letargo
sueña con la invención novedosa del cosmos.
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