Crepúsculo amazónico
Crepúsculo amazónico
Sebastiano Mónada
Fluye el río inmenso arrastrando su color plateado.
El crepúsculo navega manchando de luz naranja
la atmósfera curvada por la gravedad de las sensaciones.
El espejo licuado captura la despedida
de la bóveda atmosférica.
La orilla del monte ha oscurecido
haciendo desaparecer su verdor.
Un poco más lejos,
una cumbre se rebela
levantando su cono oscuro
en contra de los celajes,
que se retiran cautelosamente.
El amarillo agonizante brilla
suplicando la permanencia inmóvil
del espectáculo cromático.
Se distinguen tenues las sombras de los árboles,
que observan callados el atardecer.
De lado opuesto a la contemplación
de la desaparición solar
un cúmulo de nubes grises se agazapa en el borde,
para no ser arrastradas al
abismo del olvido.
Cuando el juego de colores clausura su arte pictórico,
hundiéndose poco a poco en la polifonía de las galaxias,
que habitan el infinito tejido del espacio-tiempo.
Expresando el secreto de un universo indescifrable.
La corriente del río Beni evoca la eternidad.
Inmortalidad líquida, apoteosis vital,
que desborda al momento incierto,
reduciendo la presencia a la fugacidad del instante.
inquietud de la conciencia inerme,
asombrada de lo inconmensurable.
El monte, que bordea la rivera,
difunde su prolongación oscura,
acompañando al río en su viaje perenne.
El cono del cerro se clava en el abdomen dilatado
de la melodía inocua de las nubes grises.
Los últimos estertores solares confiesan
no haber sido leales a los ritmos del planeta,
Se aferran desesperados en el horizonte,
donde se cuelga las melancolías de los fantasmas.
Hay que recordar el cuadro pintado por las fuerzas naturales.
Un negro oscuro, que hace de substrato de la consagración
de los climas rotativos,
que memoriza el origen del cosmos y del caos.
Un violeta barroco, que se extiende en la elocuencia terrestre,
oleaje lerdo de la explosión volcánica.
Un anaranjado descollante en el cielo,
indicio del asesinato solar.
Anuncio de la revelación del firmamento,
y de los límites vulnerables de la esfera terrestre,
elocuente, acuática y airosa.
En el borde de las montañas pintadas de violeta,
se asoman tímidas y vaporosas nubes blancas,
inhibidas por el acontecimiento crepuscular.
Composición artística de la rotación esférica.
Paradoja de la inmovilidad dinámica
y del movimiento estático.
Contradicción de la apariencia,
ante la mirada seducida por el esplendor del ocaso.
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