Espectáculo crepuscular

 Espectáculo crepuscular

Sebastiano mónada









Arriba, en la concavidad vespertina,

una muchedumbre de nubes se acomoda 

para observar la ciudad presa de la modorra.


Al medio, en lo ancho curvado de la atmósfera,

el cúmulo vaporoso continuo del ciclo del agua

es retirado al borde del escenario, 

para dar lugar al espectáculo del poniente.


La danza explosiva del color naranja, 

inventado en la despedida solar,

convierte al cielo en una fogata crepuscular.


Abajo, en el substrato terrestre, 

la ciudad se cobija en la hondonada abierta 

de las cadenas de la cordillera.


Anunciando la invención de los valles, 

que aguardan la rutina nocturna.

Trama cósmico desplegado en escenario,

una vez que las cortinas de luz son plegadas.


Más cerca, la hilera de eucaliptos despide al día,

con un remanso imperceptible de ramas melancólicas.

Moviéndose lentamente al compás de la desaparición.


Las nubes parecen aves depredadoras dispuestas 

a lanzarse contra sus presas,

que se esconden en la cenicienta ciudad sumida en el letargo.

sin encontrar refugio en sus calles

y en sus casas vulnerables.



El incendio crepuscular advierte de semejante premonición.

El silencio urbano ignora la fatalidad inscrita 

en los códigos de los colores,

distribuidos en el calidoscopio tardío. 


La urbe aguarda ingenua el desenlace del destino ineludible.

El acontecimiento se da lugar como necesidad.

Inicial causa inherente en el caos.

Asombrosa paradoja afirmando el azar.








 

 

 


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