Ciclo de Tunupa

 

Sebastiano Mónada

 

Este poema fue publicado en OIKOLOGÍAS el año 2020. Ahora se presenta una segunda versión.

 



 


 

 

Tunupa en metamorfosis corporal,

volcán cónico, custodio del Salar de Uyuni,

alquimia mística de la energía primordial

y física apoteósica de la materia vital,

se encuentra en el centro de la esfera azul.

Única en el cosmos deshabitado.


En el comienzo mismo del torbellino del planeta original,

recuerda cómo llegó ahí después de explosión inaugural,

viaje de ondas vibrantes al inventar espesores oscuros,

en contraste con densidades iluminadas en el tiempo.


Sin tiempo ni espacio son cuerdas doradas,

que al sonar crean primordiales fuerzas.

Partículas de cuerpecitos ágiles y distancias esféricas,

en tejido múltiple de acústicos hilos gravitacionales

y de serpenteantes hebras electromagnéticas.

 

Llegó sin memoria al sitio donde se aposentó el bucle turbulento,

girando en órbitas curiosas en torno al astro incandescente.

Al morder su propia cola la serpiente alada

se convirtió en abrasadora esfera, corazón de fuego.

Atrapada en emanaciones del ignico tejido de araña.

Busca tenaz su nacimiento cardinal,

danzante prodigio de rondas hechas con pies descalzos.

Dador de órbitas, embosca al astro, sitiando murallas de fuego,

para tomar la fabulosa metrópolis encasillada en burbujas de cristal.

 

Desde las profundidades soñadas, emerge de adentro,

comienzo del núcleo mismo, semilla fecunda.

Brama estruendos que atraviesan el planeta.

Desata convulsiones descomunales, quebrando suelos

y estremeciendo la corteza con aterradores alaridos,

causando pavor a los habitantes inocentes,

arrojados desde la nada a la existencia.

Elevando gritos bélicos por el aire embravecido.

Gigantescas cadenas de pliegues de montañas.


Arroja fuego, pasiones acumuladas, memoria de afectos.

Araña la bóveda del cielo, arranca prendas, tenues y vaporosas.

Acaricia, vehemente amante, la piel mojada de arqueada Tierra.

Conquista transparente, seducida mirada azul.

Ímpetu osado despoja la ropa sedosa

dejando desnudas a las ñustas en ofrenda. 


Ha llegado hasta allí para besar los senos de la amada, 

de donde mana el agua a borbotones tibios.

Alimentando ríos, lagos, mares y océanos,

criaturas de la creación magmática,

que amamantan de sus pechos exuberantes 

convertidos en torrenciales lluvias,

copiosas, tropicales, tibias y caudalosas,

congeladas en ondulantes cimas reflexivas.

Resbalando desde estupefactas cumbres consternadas.

Se eleva pasional, explosión de volcánico deseo.

Alarga nudosas lerdas olas rocosas.

Registros petrificados de antiguas convulsiones.

Memoria geológica de las sedimentaciones.

 

Vuelve a caer, lava arrasadora, recorriendo en éxtasis,

la corporeidad curva en enajenado orgasmo.

Sueño solidificado en rotaciones sonámbulas,

persiguiendo lo que esconde el precipicio del olvido.


Otra vez se repite la trama, el equilibrio del furor intempestivo,

esperado retornar al sosiego profundo de los minerales.

Viaja en balsa de totora, hundiéndose despacio

en la profunda meditación acuática del espejo salado.

Ruta del curso del río hacia el reposo del lago sagrado,

para mutar de nuevo en metal fundido desde el núcleo de la Tierra.

 

Tunupa emerge de liquida simiente, sueño cósmico.

Amor ardiente a la encendida bóveda celeste .

Mirando nostálgico a las galaxias en fuga,

huyendo del origen perdido en el olvido cósmico,

para luego volver a la semilla candente

del comienzo de todo en la nada imposible.

Sabrosa fruta orbital ensimismada en pliegues.

Inventor embelesado por el satélite selenita.

Aposento circular de la estrella oculta,

sumergida en penetrante cueva alquimista.

Descarga gravitatoria condensada en afectos hospitalarios

y magnetismo circundante, escudero desvelado de geométrica esfera,

airosa, acuática y terrestre, rotando en su eje reflexivo.

 

Tunupa ha mutado, desde el cascaron roto del huevo de dragón,

hasta convertirse en serpiente alada de lenguas de fuego.

Despojando al planeta de mudas finas, vestimentas elegantes.

Buscando sentir tibias caricias iniciales.

Piel enardecida, sensualidad excitada.

Amante en dilatada exorbitante agonía.

Desahogo del deseo acumulado por ciclos;

abandono en el recorrido lujurioso de la metamorfosis.

 

Tunupa es alegre, danza seductor,

ondulando versos, dando pasos acompasados.

Travieso niño incansable, deleitándose en el juego

repetido del mismo retorno a la diferencia.

Construyendo y destruyendo fortalezas en la arena.

Expresa gestos, imitación del comienzo de todo.

Broma divina, humor espontáneo y sutil ironía

del heroico demiurgo del mito del origen.

Usa disfraces mitológicos, encanta al sol y a los planetas,

que lo orbitan, cortejando al incendiario caballero de fuego.

Convoca a seres abnegados, constructores de vitales nichos.

Entrelaza oikos, complementos de sus estaciones rotativas.


Nudos de heterogéneas cuerdas vibrantes,

devela con risa fastuosa, balada fantástica,

que la vida es fascinante danza creadora.

Convoca abigarrados trenzados de asambleas nocturnas.

Mónadas asociadas en composiciones inéditas.

Desliga nudos en migraciones fértiles.

Fecunda parajes con lascivo afecto endemoniado.

 

Tunupa se burla de quienes lo han convertido en Ekeko,

cargador de abrumadoras riquezas, donación a implorantes

clientes de magias mercantiles y desechables.

Apetencias de holgada satisfacciones,

ansias clamorosas de dominaciones.


Ekeko, figura enana inventada en la Colonia,

dios o demonio, dueño de abalorios,

de abundante dinero y fetiches deseados.

En compulsiva avidez exacerbada

de trivial fortuna ostentosa.

 

Imitación grotesca de Tunupa señala la miseria

de codiciosos demandantes, cosificados en artefactos de venta.

Quienes solo pueden concebir la metamorfosis de Tunupa

como proliferación banal de chatarras de moda,

como simulación estridente de circunstancial distinción y dominio.

Cuando solo concurren en apariencias de ceremonias esplendorosas,

donde se auto-engañan con glorias anheladas.

 

Todo este imaginario delirante del Ekeko

es apenas atajo, incierto recorrido pasajero.

Sus patrimonios se amontonan en montañas numéricas,

que aman como si fueran cordilleras pintadas

de colosal intrepidez mineral y vocación metálica.

No son nada más que ilusiones y ecos difusos.


No duran lo que duran los ciclos geológicos.

Son cortos lapsos del tamaño de sus imágenes desoladas

del mundo, ámbito de representaciones muertas.

Sus poderes son acechados por levantamientos populares,

por sus propias angustias que los atormentan.

Imponen dominios, despliegue de copiosa violencia,

ausencia  de potencia, la bruma de riqueza, que no otorga añorada felicidad.

Mueren odiados por naciones despojadas de recursos naturales,

desposeídas de sus saberes y de sus sueños siderales.

 

La deidad de la metamorfosis ignora el espectáculo de gazmoña puerilidad,

Tunupa vuelve a emerger desde recóndita intimidad.

Rememora el comienzo del mundo y del cosmos.

Remueve las capas, los estratos, los sedimentos del planeta.

Destruye disfraces del teatro político de la crueldad.

Demuele edificaciones de encierro, de disciplina, de control,

ateridos en abatidas instituciones, ancladas en dogmas fosilizados.

Violencia constante sobre cuerpos castigados por el látigo del tiempo.


Deja las tierras, los bosques, las aguas y los suelos libres,

deja a los seres autónomos la tarea de construir nuevamente todo.

En espera del despliegue de afectos, en armonía y lucidez artística.

Siguiendo cantos de potencia hacedora de universos.




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