La recurrente y reiterada intervención del proyecto de ocupación y saqueo del supremacismo

La recurrente y reiterada intervención del proyecto de ocupación y saqueo del supremacismo 


Raúl Prada Alcoreza 




Esta vez presentamos tres notas sobre comportamientos sumisos de la casta política, en el contexto de la reiterada intervención de un imperialismo, que ha terminado siendo anacrónico, en un mundo amenazado por la crisis múltiple.


La mafia gobernante quiere liberar al agente-asesor del presidente cipayo

La mafia gobernante que ha perpetrado un golpe contra uno de los poderes del Estado, vulnerando a la Constitución, y ha permitido la intervención del imperio de MAGA, abriendo las puertas de la ocupación del país, ahora busca liberar al agente-asesor del presidente, que se encuentra en la cárcel. Además montando una acusación trucha contra la víctima, Nadia Beller, contra quien dispararon los sicarios contratos por Fernando Cerimedo, su pareja.


Guerra entre mafias 

Ninguno vocero del gobierno habla de Fernando Cerimedo, el agente-asesor preso del presidente, el que contrató sicarios para asesinar a su pareja, el dueño de granja de bots, que intervinó en elecciones, destruyendo las condiciones indispensables para el ejercicio democrático. Este señor que manejaba el contrabando de oro y el cobro a los narcovuelos. Sólo hablan del Fiscal General destituido inconstitucionalmente por el Congreso. De la “organización criminal” que dirigía. Es decir que Cerimedo es un santo, el presidente es un arcángel y todos los que aparecen mencionados en los audios, que dio a conocer Nadia Beller, son ángeles. El objetivo es liberar al agente de la guerra sucia, al servicio de MAGA. 


Obviamente la versión gubernamental es un montaje, con medidas verdades y posverdades. Los servicios secretos se dedican a eso, a plantar pruebas, sumándolas a otros indicios. Indudablemente se trata de una guerra entre mafias, una guerra de cárteles. En medio, entre ambos fuegos, está el pueblo padeciendo las incongruentes del gremio de la clase política variopinta. 


El proyecto antidemocrático de seguridad nacional 

¿Cuáles son los problemas principales que afectan al mundo, a la región y a la nación? Esos tienen que ver con los problemas fundamentales de la crisis múltiple, comencemos por la más importante, la crisis ecológica que amenaza la sobrevivencia de la humanidad. Precisamente por haber dado rienda suelta al modo de producción capitalista que crece y se desarrolla destruyendo el planeta. Otro problema fundamental tiene que ver con la proliferación de desigualdades, que tienden a convertirse en abismales, generando diferencias sociales, marginaciones, discriminaciones y explotaciones de toda índole. Un tercer problema tiene que ver con la desaparición de la democracia, incluso en sentido restringido, incluso en el sentido institucional. Lo que ha venido ocurriendo desde hace hace tiempo es la evidencia de la contradicción, a pesar de la pretensión retórica de un discurso que se autonombra “democrático”, en contraste notorio con una práctica que desconoce los derechos humanos, los derechos fundamentales, los derechos sociales, los derechos colectivos. Estados autodenominados de “derecho”, terminan realizando el terrorismo de Estado. Un cuarto problema tiene que ver con las intermitentes guerras desatadas por la geopolítica imperialista, por la inherente tendencia a la destrucción de la propia reproducción del sistema mundo capitalista. Un quinto problema tiene que ver no solamente con la proliferación de las múltiples violencias, con su consecuente profundización, su intensificación y expansión, a tal punto que se ha vuelto redituar el torbellino de la violencia envolvente. Si es paro de la manera más descarnada, incluso descarada el genocidio.

No se pueden obviar estos problemas, estos son los problemas presentes que hay que atender. Sin embargo, el gremio de la clase política variopinta los obvia campantemente, como si no existieran. Opta por un discurso descolocado y desubicado, que se sitúa en el contexto pasado de la guerra fría, como si está se mantuviera, tal cual sucedió después de la segunda guerra mundial. Éste es un comportamiento anacrónico, fuera de lugar y de tiempo. Reproduciendo imaginariamente algo que ocurrió en la segunda mitad del siglo pasado. 

La NSC 68, United States Objectives and Programs for National Security, trazó toda una época, en la que Estados Unidos de Norteamérica convirtió a la Unión Soviética, en el enemigo principal, en el monstruo comunista, que había que combatir para salvar al “occidente”, a la civilización occidental, supuesto mundo, libre. En verdad, este fue un invento para el consumo del público y para justificar un proyecto belicista de dominación mundial, que se basa en un hegemonía estadounidense norteamericana. 

Noam Chomsky, en Miedo a la democracia, escribe: 

“El llamamiento en favor de una acción enérgica del NSC 68, resonó una vez más, cuando las administraciones de Kennedy y Reagan ascendieron al poder, con la misma resolución dual; la militancia en el exterior para reafirmar el poder de los Estados Unidos y el gasto militar para reactivar una floreciente economía nacional. La retórica también fue debidamente resucitada: ‘la monolítica y despiadada conspiración’ en el proceso destinado a destruirnos (Kennedy), el ‘imperio maligno’ que es ,el centro del mal en nuestros días’ y que pretende dominar al mundo (Reagan). El nivel de decibelios disminuye previsiblemente cuando la política cambia de dirección - como a mediados de los ochenta, cuando se hizo necesario enfrentarse a los costes de la mala administración fiscal y de los excesos militares keynesianos de los reaccionarios partidarios del Estado de la administración Reagan, incluyendo los enormes déficit comerciales y presupuestarios.” [1]

Lo que dice Chomsky es que el proyecto de seguridad nacional no era de paz, sino de dominio, por lo tanto, de armamentismo, para contener el avance político de la Unión Soviética. Porque no se trataba de una amenaza militar, sino, más bien, política, por su irradiación en los sectores sociales pobres y explotados, que incluso se encuentran en Estados Unidos de Norteamérica. Fue una política externa para resolver los problemas internos, con el objetivo de destruir al movimiento obrero norteamericano, además de otras posibles disidencias respecto al proyecto de dominación mundial. El autor dice que el liderazgo político norteamericano no ha aprovechado oportunidades evidentes de reducir la amenaza de un enfrentamiento de superpotencias, incrementando de este modo la seguridad nacional. Dice que un temprano ejemplo tuvo lugar en 1952, cuando el Kremilin presentó una propuesta para la reunificación de Alemania neutral, sin condiciones acerca de las políticas económicas y con garantías para los derechos y libertades básicas del hombre, incluyendo la libertad de expresión, de prensa, de cultos religiosos, de convicción, política, de reunión y libre actividad de los partidos de organización democráticos. En contraposición, como respuesta, los Estados Unidos y sus aliados objetaron que “occidente” no reconocía la frontera Oder-Neisse entre Alemania y Polonia. Insistieron en una Alemania unificada, en otras condiciones, que podrían empujarla a unirse a la OTAN. Exigencia que los rusos, difícilmente podían aceptar, unos cuantos años después de que Alemania sola hubiera virtualmente destruido a la Unión Soviética. La respuesta occidental hacía también referencia, más plausiblemente, a la falta de claridad, por lo que respecta a unas elecciones libres. Empero, en lugar de buscar una mayor aclaración, la propuesta fue rechazada con exigencias bastante provocativas. 

En aquella época James Warburg, uno de los pocos que sostuvieron que debía aprovecharse la oportunidad, señaló que Washington no dio a conocer el texto de la propuesta efectuada por el Kremilin el 10 de marzo, ni tampoco la llegada de la misma, hasta después de haber enviado la respuesta occidental el 25 de marzo. Sugiere que el retraso podría haber debido al deseo de la administración de presentar al Comité de Relaciones Exteriores del Senado argumentos en favor de la ley de seguridad mutua en 1952, sin que las deliberaciones de dicho Comité estuvieran influidas por el conocimiento de la propuesta soviética. La ley proponía una inversión de 7.500 millones de dólares en el desarrollo armamentístico, se basaba en el supuesto de que un acuerdo sobre Alemania posiblemente no podía alcanzarse. 

Como se puede ver el proyecto de seguridad nacional no era de paz sino de guerra, tampoco era de seguridad nacional, puesto que se trataba de hegemonía mundial. Esta inclinación belicista ha marcado todo el periodo de la guerra fría, incluso más, pues una vez derrumbados los Estados de el socialismo real de la Europa oriental y de la Unión Soviética, en vez de buscar la paz duradera. Estados Unidos de Norteamérica buscó prolongar el espectro de la guerra fría. Al desaparecer el enemigo comunista, se inventó nuevos enemigos, el terrorista, el narco terrorista. En realidad, reaparecía el otro enemigo, escondido en el proyecto de seguridad nacional mencionado, que es el tercer mundo. De manera evidente a los gestores del proyecto de seguridad nacional les quedaba claro que el otro enemigo era el tercer mundo, con la posibilidad de la emergencia de sus nacionalismos radicales, que se opondrían a un dominio y hegemonía de los Estados Unidos de Norteamérica. Que se basa en la explotación de los recursos naturales, convirtiéndolos en países de transferencia de valores y de riqueza a la superpotencia del norte, dejando a los países del tercer mundo vacíos y sin posibilidades concretas y seguras de “desarrollo”. Éstos países lograron lo que se vienen llamar “desarrollo”, aunque se haya dado de manera restringida, a partir de revoluciones nacional populares, nacionalizaciones de los recursos naturales y de las empresas transnacionales, buscando la industrialización. Es decir, se desarrollaron en contra del proyecto de seguridad nacional de los Estados Unidos de Norteamérica.

Hoy en día reaparece el viejo proyecto de seguridad nacional, redituado de manera forzada, en condiciones anacrónicas, cuando el dominio estadounidense norteamericano está cuestionado, en plena retirada y desbande. Respecto del hegemonía, hace mucho tiempo que la perdió la superpotencia. Estos anacrónico proyectos reaparecen con el eufemismo del Escudo de las Américas. Segunda versión de la Operación Cóndor de las dictadura militares, en plena guerra fría. Lo que sorprende es el reiterado comportamiento servil de las burguesías gamonales latinoamericanas  y de la casta política derecha. Sobresale la falta de imaginación de estos políticos, cuya vocación de eunucos, que entregan sus órganos al monarca bizarro del norte, se hace manifiestamente patente.

El formato es el mismo, la invención del enemigo, esta vez es el “narcotraficante” y “narco terrorista”. No es que no haya narcotráfico ni control territorial de los cárteles. El problema es que parte de la guerra de los cárteles corresponde precisamente a los dispositivos estadounidenses norteamericanos, encargados de la lucha contra el narcotráfico, la DEA y la CIA. El problema consiste en que disputan la parte del excedente maldito, mediante una lucha que no es lucha con el narcotráfico, sino, más bien, de contención, de control y desviación del excedente hacia la esfera de influencia de las propias redes, que controlan las organizaciones secretas y de inteligencia del imperialismo anacrónico.

La composición de lo que ocurre también es parecida. La lumpenburguesía y la burguesía intermediaria, aunque no toda, sostienen a una casta política de derecha, que sólo tiene de características marcadas su propio vacío, sin perspectiva, pero también sin memoria, es decir, sin historia. Sobre la base de este olvido constante de un presentismo mediocre, esta casta política lo único que sabe hace es entregarse completamente a los designios de una dominación en desbande. Lo único que ha cambiado es que ya no se trata de golpes militares, como los perpetrados durante las dictaduras militares, sino más bien de golpes puntuales, detallados, a los órganos de poder del Estado, de tal manera que terminan controlándolo, sometiéndolo, de una manera completamente servil, al cumplimiento cipayo, obedeciendo al deseo destructivo de una superpotencia  herida de muerte. Los únicos que se creen el cuento trasnochado del enemigo principal, el enemigo abominable, sea quien sea, son los ejemplares anacrónicos de la burguesía gamonal y de sus voceros políticos descoloridos y mediocres. 

El pueblo está mercedes de la segunda versión de la Operación, Cóndor y de la reiterada y recurrente repetición del proyecto anacrónico de seguridad nacional, además de una adulteración de lo que fue la Doctrina Monroe, que era América secpara los americanos, intentando contener las ambiciones de las potencias europeas de aquel entonces, siglo XIX. Convertida en la doctrina de América, no solamente para los estadounidenses norteamericanos, sino para una híperburguesía arrogante, despistada e inculta, que promueve la dominancia del capitalismo,financiero, especulativo y extractivista. 

A estas alturas del partido, como se dice popularmente, la seguridad nacional de los Estados Unidos de Norteamérica es también contra el pueblo norteamericano, no solamente contra el tercer mundo y contra el mundo mismo. Se ha convertido en un proyecto apocalíptico, que amenaza al mundo, que amenaza a la vida en el planeta, que amenaza a los pueblos y sociedades. A pesar de estas constataciones los voceros políticos de derecha repiten como loros el discurso deshilachado, desajustado y anacrónico de este antiguo proyecto de la seguridad nacional. 

El presidente de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira, expresa el perfil más anodino de la casta política de derecha. Un personaje desubicado en el tiempo y en la historia, sin memoria, sin conocer el país del que es presidente, sin conocer América Latina y el Caribe, incluso podríamos decir sin conocer Europa y Estados Unidos de Norteamérica, salvo las representaciones restringidas que tiene, a partir de sus burbujas, que tocan al mundo parcialmente y tienen un recorte de realidad demasiado estrecho. Al hacer la apología del Escudo de las Américas evidencia una abrumador desconocimiento de la historia. Sin embargo, se trata de un desvergonzado oportunismo, que busca aprovechar al máximo su presidencia circunstancial y su gobierno improvisado. Ha vendido a su país por lentejas, como se dice popularmente, aunque estas lentejas sean las riqueza de su entorno y sus amigos angurrientos.


Notas

1. Noam Chomsky: Miedo a la democracia. Crítica. Editarial Planeta. Barcelona 2017.





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