La inclinación por la mentira política
La inclinación por la mentira política
Raúl Prada Alcoreza
El presente ensayo trata sobre la mentira en política, se ocupa de la política en cuanto tecnologías de la mentira, tanto desde la perspectiva de las prácticas discursivas, como desde el punto de vista de las prácticas de poder. Se parte de una revisión de glosario, también de un punteo sobre el tratamiento del problema de la incursión de la mentira en la política.
Sobre la inclinación a mentir
Se dice que la inclinación a mentir, por un lado, y a creer en la mentira, por otro lado, no son dos vicios opuestos. Son dos caras del mismo movimiento. No mentimos solo porque somos malvados, tampoco que no creemos en mentiras solo porque somos ingenuos. Se puede afirmar que lo hacemos porque la verdad cuesta, en cambio la mentira alivia. ¿Por qué mentimos? Para proteger una identidad, no un hecho. La mentira más común no es sobre lo que hicimos, sino sobre quiénes creemos ser. Mentimos para no tener que revisar la historia que nos contamos de nosotros mismos. Decir "yo no fallé, me fallaron" es más soportable que decir "me equivoqué".
Mentimos para pertenecer. Es decir estar fuera del grupo significa e implica aislamiento. Es mejor decir lo que el grupo quiere oír, aunque sepamos que es falso, de todas maneras es un boleto de pertenencia. Por eso la mentira prospera tanto en tribus políticas, religiosas o familiares muy cerradas. También mentimos para tener poder sin violencia, por así decirlo, aunque la mentira ya es una forma de violencia. Como decía Hannah Arendt, la mentira política moderna ya no busca ocultar un secreto. Busca hacer que nada pueda ser creído. Si todo es mentira, nadie tiene que rendir cuentas. Mentir es una forma de organizar la realidad a tu favor. La realidad como producto del poder, la invención política de la realidad.
Así mismo mentimos por autoengaño. La forma más eficaz de mentir es primero creértelo tú. De alguna manera se puede decir ocurre como si el cerebro prefiriera la supuesta coherencia interna a la precisión externa. Es como si la mentira diera sentido, parece como si la memoria la editara hasta volverla recuerdo.
No creemos mentiras por falta de información, sino por exceso de necesidad. Hay una economía cognitiva; verificar cansa. Creer es barato. Hay una tendencia a comportarse perezosamente, entonces se prefiere una explicación simple, aunque falsa, en vez de aceptar una compleja y verdadera. Hay un sesgo de confirmación; no buscamos la verdad, buscamos confirmación. Una mentira que confirma lo que ya se teme o se desea. No la evaluamos, la reconocemos.
Hay necesidad de consuelo; hay verdades que por un tiempo son inhabitables. "Me van a dejar", "mi proyecto fracasó", "mi país no va bien". La mentira ofrece una habitación temporal donde descansar. Por eso Nietzsche decía que no nos molesta que nos mientan, nos molesta que ya no podamos creer. Por otra parte tenemos confianza en quien habla. Creemos más a quien amamos o a quien admiramos, en vez de aceptar el dato que se presenta, el hecho que se manifiesta. Si la mentira viene de una voz que nos cuida, la tomamos como cuidado, no como engaño.
Se trata de un círculo vicioso. Mentir y creer se complementan. El que miente necesita que el otro crea para sostener su poder. El que cree necesita que el otro mienta para sostener su mundo. Por eso la mentira compartida es tan fuerte. No es un error lógico, es un pacto afectivo, te creo porque si te dejo de creer se cae todo lo que construimos juntos. En lo íntimo eso es una relación donde ambos fingen. En lo público es una ideología donde todos repiten lo que saben falso, porque decir la verdad los dejaría solos.
¿Cómo enfrentar la mentira? No se sale de ahí con más información, sino con otra relación con la verdad. Hay que separar la intención de enunciado. Pregúntarse no solo si algo es falso, sino para qué está siendo dicho. ¿Qué protege? ¿Qué evita? ¿A quién mantiene dentro? Hay que soporta la disonancia. La capacidad de decir "esto me duele y es verdad", esto ayuda a comenzar a desentenderse del círculo vicioso de la mentira. Se comienza la terapia con pequeñas honestidades diarias, no con grandes confesiones.
Hay que buscar fuentes que te puedan contradecir. Si solo consumes lo que te da la razón, no estás completamente informado, estás acompañado por datos.Hay que distinguir verdad de sinceridad. Alguien puede ser sincero y estar equivocado. Alguien puede mentir diciendo un dato verdadero, empero sacado de contexto para engañar. La verdad pide contexto, intención y correspondencia con lo real. En el fondo, la verdad no se impone porque sea útil. Persuade porque es bella. Una explicación verdadera tiene una elegancia que la mentira, por más elaborada que sea, no logra sostener mucho tiempo. Se nota cuando algo encaja, algo no cuadra.
En lo político la mentira cambia de naturaleza. Ya no es un defecto personal, es una técnica de gobierno y una forma de obediencia. Hannah Arendt lo vio claro, la mentira política tradicional ocultaba un hecho para proteger al poder. La mentira política moderna hace algo más radical, intenta que ya no puedas distinguir entre hecho y ficción. No quiere que creas su mentira, quiere que dejes de creer que existe una verdad verificable. Funciona porque hay un pacto, no solo un engaño.
Pregunta: ¿Qué gana el poder mintiendo? En política se miente para inventarse una realidad, no para describirla. Un eslogan repetido mil veces, "ya hemos vencido", "nos están invadiendo", "el enemigo está dentro", no busca informar. Busca que actúes como si fuera verdad. Si actúas, la mentira produce efectos reales. Para simplificar un mundo insoportablemente complejo. La realidad boliviana, como cualquier realidad nacional, es indudablemente contradictoria; hay crecimiento y pobreza, hay Estado y mercado informal, hay identidades que chocan. La mentira política te ofrece una historia limpia con villanos y héroes. Es más digerible que la complejidad, sinónimo de la realidad efectiva.
El ejercicio del poder gana con la mentira para desplazar la culpa. La estructura clásica es que no hay fracaso de gestión, hay, en cambio sabotaje. Este es el discurso, es la narrativa construida en el ejercicio del poder. No hay corrupción propia, hay corrupción de los otros, de los enemigos. Diremos que se trata de una técnica, no exactamente de una ideología. El ejercicio del poder gana con la mentira para medir la lealtad. Cuando un dirigente dice algo obviamente falso y su base lo repite, no está probando su capacidad de convencer. Está probando su capacidad de mandar. Repetir lo falso se vuelve prueba de pertenencia.
Otra pregunta: ¿Por qué el ciudadano quiere creer? Nadie es engañado a la fuerza durante mucho tiempo. Hay una inclinación a creer porque la mentira política cumple funciones psicológicas. Por ejemplo, por pertenencia antes que aceptar la verdad. En un país de reiterada conflictividad, de recurrente lucha de clases y de lucha anticolonial, se trata de un acto de lealtad, no necesariamente de desconocimiento. En todo caso te mantiene dentro el ámbito de concomitancias y complicidades.
Hay como una esperanza delegada. La promesa imposible, "vamos a industrializar en un año", "vamos a resolver todo cambiando la Constitución", "vamos a incursionar en el capitalismo para todos", que es repetir, sin imaganación lo que Hernando de Soto propuso para el Perú, en la década de los ochenta del siglo anterior, en El Otro sendero, es atractiva no porque sea creíble, sino porque es deseable. La gente no evalúa la probabilidad, evalúa cuánto necesita que sea verdad.
Hay miedo y protección. La mentira que dice "si ellos vuelven te quitan todo", funciona porque activa la supervivencia política. Bajo miedo, la gente no quiere datos, quiere refugio. Y el refugio lo ofrece quien miente con más convicción.
Hay cansancio cognitivo. Verificar cada dato de la gestión pública, de la economía, de la justicia, exige un tiempo que nadie tiene. Es más fácil vivir dentro de un relato ya armado, por los medios de comunicación, por las redes, por el partido político, un líder de turno. Por esto, se puede decir que las redes sociales no inventaron la mentira política, la aceleraron. Antes la mentira tenía que pasar por un periódico o a través de un discurso. Ahora tiene circulación directa, la recompensa es inmediata en likes y en identidad.
Lo que dijimos, estas características y funciones de la mentira reaparecen fehacientemente en Bolivia. Si observas la historia reciente, en ambos bandos políticos, que juegan al poder, se repita el mismo patrón, aunque con distintos contenidos. No el pueblo que resiste, que continua las luchas sociales con sus propios medios, con sus propias pasiones y sus implícitas orientaciones espontáneas. El oficialismo tiende a mentir por omisión y por épica, es decir, minimizar lo que falla, maximizar lo que funda. La oposición tiende a mentir por catástrofe y por pureza, es decir, maximizar lo que se hunde, presentarse como si estuviera afuera del sistema corroído y corrupto. Ambas son formas de evitar la misma pregunta difícil: ¿Qué parte de responsabilidad nos toca? No es que un lado mienta y el otro no. Es que cada lado necesita que su base crea en una mentira distinta para mantener la cohesión.
Tercera pregunta: ¿Cómo romper el pacto sin volverse cínico? El cínico cree que todos mienten, en consecuencia todo da igual. Esto es exactamente lo que quiere obtener los que mienten profesionalmente. Es menester, entonces, la pregunta por el mecanismo, no solo por el dato. No solo decir "¿esto es verdad?", sino "preguntarse ¿qué me pide hacer esta afirmación? ¿Que tenga miedo, que odie, que aplauda sin preguntar?". Hay que evaluar el costo. Toda mentira política esconde un costo, alguien pagará después. La promesa sin costo explícito es casi siempre ficción, una ilusión.
Hay que distingue el error, la mentira y el relato. Por ejemplo, es error es equivocarse en una cifra, empero, es mentira el saber la cifra y decir otra. Relato es ordenar cifras verdaderas para que signifiquen algo falso. Lo más peligroso hoy no es el dato falso suelto, es el relato armado con datos verdaderos, sacados de contexto.
Hay que recupera las fuentes que puedan corregir. Un indicador, un informe técnico, una persona del propio campo, que diga "esto que estamos repitiendo no corresponde, no sucede así", es algo que hay que tomar en cuenta. En cambio, si el espacio político no tolera ninguna corrección interna, ya no es un proyecto, es una fe, es una ilusión forzada. Se puede decir, con cierta relatividad, con cierta provisionalidad, que la verdad en política rara vez es pura, tampoco es agradable. Suele ser, por así decirlo, mixta, incómoda, parcial. Sin embargo, da una señal de oportunidad, permite corregir. La mentira no permite corrección, solo exige más lealtad.
La verdad y la mentira en política
En el libro La verdad y la mentira en política, Hannah Arendt escribe:
El tema de estas reflexiones es un lugar común. Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos sino también del hombre de Estado. ¿A qué se debe esto? ¿Qué significa para la naturaleza y la dignidad del ámbito político, por un lado, y para la naturaleza y la dignidad de la verdad y de la veracidad, por otro? ¿Forma parte de la propia esencia de la verdad el ser impotente, y de la esencia misma del poder el ser falaz? ¿Qué clase de realidad puede atribuirse a la verdad, si esta es impotente en el ámbito público, el cual, más que ninguna otra esfera de la vida humana, garantiza la realidad de la existencia a
los hombres que nacen y mueren, es decir, a los seres que saben que han surgido del no ser y que al cabo de un tiempo desaparecerán en él otra vez? Por último: ¿acaso la verdad impotente no es tan despreciable como el poder que no presta atención a la verdad? Se trata de preguntas incómodas, pero nacen necesariamente de nuestras actuales convicciones sobre este asunto.
Lo que otorga a este lugar común su gran verosimilitud todavía puede resumirse en el antiguo adagio latino: «Fiat iustitia, et pereat mundus» («Que se haga justicia, aunque perezca el mundo»). Dejando aparte a su probable creador en el siglo XVI (Fernando I, sucesor de Carlos V), nadie ha usado dicho adagio salvo como pregunta retórica: ¿se debe hacer justicia cuando con ello se pone en juego la supervivencia del mundo? Y el único gran pensador que se atrevió a abordar el meollo del asunto fue Immanuel Kant, quien audazmente explicó que ese «proverbio... significa en lenguaje llano: “La justicia prevalecerá, incluso si, como resultado, deben morir todos los pícaros del mundo”». Dado que los hombres creen que no valdría la pena vivir en un mundo privado por completo de justicia, ese «derecho humano debe considerarse sagrado, sin tener en cuenta los sacrificios que ello exija a los poderes establecidos... con independencia de las posibles consecuencias físicas».
1 Pero ¿no es absurda esa respuesta? ¿Acaso la preocupación por la existencia no precede claramente a todo lo demás, a toda virtud y todo principio? ¿No es evidente que estos convierten en simples quimeras si el mundo, único lugar en el que pueden manifestarse, se halla en peligro? ¿Acaso no estaban en lo cierto en el siglo XVII, cuando, casi con unanimidad, se declaró que todas las comunidades debían reconocer que no existe, en palabras de Spinoza, «ninguna ley que pueda colocarse por encima de la seguridad del propio territorio»?
2 No cabe duda de que cualquier principio que trasciende la mera existencia puede colocarse en el lugar de la justicia, y, si ponemos la verdad en ese sitio —«Fiat veritas, et pereat mundus»—, el antiguo adagio suena todavía más plausible. Si entendemos la acción política en términos de una categoría medios-fin, es incluso posible llegar a la conclusión, solo en apariencia paradójica, de que la mentira puede servir para establecer o proteger las condiciones de la búsqueda de la verdad —como hace tiempo señaló Hobbes, cuya lógica implacable nunca falla a la hora demllevar los argumentos hasta esos extremos en los que su carácter absurdo se hace evidente—.
Asimismo, las mentiras, que a menudo sustituyen a medios más violentos, bien pueden contemplarse como herramientas relativamente inocuas en el arsenal de la acción política. Por lo tanto, si se reconsidera el antiguo dicho latino, resultaría sorprendente que el sacrificio de la verdad en aras de la supervivencia del mundo fuese más fútil que el sacrificio de cualquier otro principio o virtud. Y es que, aunque podemos rechazar preguntarnos si la vida sería digna de ser vivida en un mundo privado de nociones como las de justicia y libertad, es imposible hacer lo mismo con respecto a la idea de la verdad, idea
que en apariencia tiene un carácter mucho menos político. Lo que está en juego es la supervivencia, la perseverancia en la existencia (in suo esse perseverare), y ningún mundo humano destinado a superar el breve de la vida de sus mortales habitantes podrá sobrevivir jamás si no existen hombres dispuestos a hacer lo que Heródoto fue el primero en asumir conscientemente: λέγειν τα ἐόντα, decir lo que existe. No puede concebirse ninguna permanencia, ninguna perseverancia en la existencia, sin hombres dispuestos a dar testimonio de lo que existe y se les muestra porque existe.
La historia del conflicto entre la verdad y la política es antigua y compleja, y nada se ganará mediante la simplificación o la denuncia moral. A lo largo de la historia, quienes han buscado y dicho la verdad han sido conscientes de los riesgos de su empresa; aquellos que no interferían en el curso del mundo se veían cubiertos por el ridículo, pero corría peligro de muerte quien obligaba a sus conciudadanos a tomarlo en serio cuando intentaba liberarlos de la falsedad y la ilusión, porque, como dice
Platón en la última frase de su alegoría de la caverna, «lo matarían… si pudiesen tenerlo en sus manos». El conflicto platónico entre quien dice la verdad y los ciudadanos no se puede explicar mediante el adagio latino, ni con ninguna de las teorías posteriores que, implícita o explícitamente, justifican la mentira y otras transgresiones si la supervivencia de la ciudad está en juego. En el relato de Platón no se menciona a ningún enemigo; la mayoría vive pacíficamente en la cueva, en compañía de
los demás, meros espectadores de imágenes, sin implicarse en ninguna acción y, consecuentemente, sin sufrir ninguna amenaza. Los miembros de esa comunidad tienen motivos para considerar que la verdad y quienes la dicen son sus peores enemigos, y Platón no ofrece explicación alguna de por qué aquellos aman perversamente el engaño y la falsedad. Si pudiéramos enfrentarlo a alguno de sus posteriores colegas en el campo de la filosofía política —por ejemplo, a Hobbes, quien sostenía que solo «la verdad que no se opone a ningún beneficio ni placer humano es bienvenida por todos los hombres»
(una afirmación obvia, que, sin embargo, le pareció de la suficiente importancia como para cerrar su Leviatán)—, tal vez estaría de acuerdo en lo tocante al beneficio y el placer, pero rechazaría la afirmación de que existe alguna clase de verdad bienvenida por todos los hombres. Hobbes, al contrario que Platón, se consolaba con la existencia de una verdad indiferente, con «temas» por los que «los hombres no se preocupan» —por ejemplo, la verdad matemática, «la doctrina de las líneas y las figuras» que no interfiere «en la ambición, el beneficio o la pasión del hombre»—. Y es que el autor escribió: «No pongo en duda que la doctrina según la cual los tres ángulos de un triángulo han de ser iguales a dos ángulos de un cuadrado, de haberse opuesto al derecho de dominio que tiene cualquier hombre, o al interés de los dominadores, hubiera sido no ya discutida, sino, en la medida del poder de aquel a quien afectara, suprimida mediante la quema de todos los libros de geometría». [1]
Notas
Hannah Arendt: Verdad y mentira en política. Página Indómita. Barcelona 2017.

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