La queñua y el niño

 La queñua y el niño


Sebastiano Mónada






Árbol de las alturas, de las quebradas y montañas de la cordillera.

Tu tronco torcido se mueve, sinuoso, buscando elevarse, de manera convulsa,

repitiendo en su fisonomía la melodía intensa de una composición apasionada.

Retornando al comienzo cuando los bosques y las selvas dominaban la Tierra.


Sus hojas de folios pequeños, de un verdor fuerte, se cubren de resima y tricomas.

Sus flores se distribuyen rompiendo el verdor con el impacto pictórico de estrellas amarillas,

que se prenden del abultado enramado fijándose como memorias de un pasado remoto,

distribuidas en todo el follaje, que se abre ofreciéndose a la mirada escrutadora,

entregando su entramado polifónico al cielo inalcanzable e indiferente.


La queñua resiste al frío escondiéndose en las quebradas,

huyendo de la depredación trepando ágilmente las montañas.

Esparce al viento sus múltiples semillas, desprendidas como emociones andinas,

sonidos melancólicos de quenas y zampoñas, que convocan a las fuerzas telúricas,

en danza circular alrededor del fuego otoñal propagado en el paisaje.


El bosque de queñuas reúne a los árboles en magna asamblea,

deliberan sobre el destino de las plantas en un mundo incendiario.

¿Dónde ir si continua la destrucción? ¿Hay algún lugar donde esconderse?

No hay más arriba de las montañas, solo la inmensa bóveda celeste, 

que contempla consternada el Apocalipsis desatado por los jinetes de la muerte.


Un niño observa la comunidad de los árboles,

escucha su parlamento elocuente en donaciones visibles.

Asombrado por ser testigo del acontecimiento botánico,

desenlace de la trama narrada por la Pachamama.


El bosque cobija al niño envolviéndolo de revelaciones,

que descubre en sus recorridos plagados de curiosidad.

Mientras aprende los proliferantes detalles de la naturaleza,

se sume en profundas cavilaciones inaugurales del aprendizaje.


Las copas de los árboles se curvan inventando una gruta,

por donde pasa el tiempo como río invisible,

llevándonos de la mano a un futuro incierto.

Abriendo el camino al horizonte nómada.


Llegará el ocaso y ensombrecerá el bosque conservado,

la esfera incandescente se ocultará detrás de los árboles más lejanos,

sobresaliendo su despedida agitando pañuelos anaranjados,

dejando solas a la queñuas en su meditación vespertina.


Llegará la noche y el bosque desaparecerá momentáneamente de la vista

hasta que la luna ilumine su poblada presencia de nicho ecológico.

Es cuando el bosque se convierte en danza y coro de fantasmas,

soñados por el niño que duerme profundamente recordando

su aventura con las queñuas, que le abrieron senderos a la fantasía.




 











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