Oasis de eucaliptos


Oasis de eucaliptos

Sebastiano Mónada 


Dedicado a Marcel Julián






Oasis de árboles frondosos resistiendo en el desierto urbano.

Se elevan, impulsados por sus raíces, empujados por el impulso vital.

Sostenidas por sus troncos, las copiosas ramas de eucaliptos danzantes, 

siguen el ritmo pausado de la brisa vespertina.


El cielo hace de fondo desparramando abultadas nubes,

enormes naves que transportan su carga vaporosa 

en el océano aéreo sin olas de un celeste radiante,

que rememora al vacío, curvado por la gravedad inscrita

en el núcleo líquido e incandescente oculto en sus entrañas.


Debajo, muchedumbres de arbustos secos amarillean el suelo,

cobijados apenas por las sombras que se acuestan cansadas

de tanto apaciguar el ímpetu fogoso del astro compulsivo.


Un montículo parece amurallarse para proteger el oasis botánico

de la arremetida mercantil que avanza monstruosa arrasando

con todo, con todo espesor territorial y todo bosque intrépido.


Detrás está la ciudad agazapada, esperando paciente el asalto 

al territorio tupido de árboles que todavía quedan.

Cazadora furtiva de animales fugitivos y plantas exiladas.


El pequeño bosque cobra consciencia de su situación vulnerable.

Se propone aprovechar el tiempo en búsqueda de la memoria ancestral,

cuando la geografía de lagunas dispersas tejía un paisaje húmedo 

mientras las aves, tragadas en la atmósfera tibia,

rondaban buscando la oportunidad para zambullirse 

en los espejos acuáticos donde se encontraban repetidos,

como dobles argonautas, pescadores de secretos ahogados.


La enramada oscila suavemente como red que atrapa sueños solares,

consumiéndolos con sus hojas para convertirlos en savia densa, 

que circula por todo el espesor de madera viva,

que registra la experiencia vital en las estratificaciones 

circulares de los troncos añejados en la bodega de los recuerdos,

succionando la memoria geológica del subsuelo amenazado.


La luz deja sus pinceladas en las copas de lo árboles 

componiendo el arte pictórico con el juego cromático 

de la distribución verde en melodías de tonalidades variadas.


De cerca, las pobladas ramas se juntan para hacer de nido, 

donde se cobijen los pájaros que huyen del exterminio.

En la copa de los árboles hay refugios hasta para las miradas nostálgicas 

de los poetas visitantes, en búsqueda de musas repentinas.

Desnudas vírgenes dadoras de la inspiración deseada.


El bosque aguarda a solitarios paseantes crepusculares,

que recorren los senderos del abandono a la meditación.

Antigua terapia de los monjes silenciosos del Himalaya.


El nicho vital proteje la memoria sumergida en la textura viva

y en la urdimbre móvil de las escrituras moleculares

y en las vibraciones cuánticas de las cuerdas compositoras.











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