La luna nadadora
La luna nadadora
Sebastiano Mónada
Las fuerzas del acontecimiento
se rebelan a las leyes universales,
inventadas por el filósofo distraído,
accidentado por no pisar tierra,
desatando la risa de la muchacha tracia,
que tiene delirando a los sabios astrónomos.
La luna cansada de orbitar alrededor de la Tierra
se descuelga de su ruta elíptica acostumbrada,
para refrescarse en las aguas lacustres,
donde el Titi cruza los puentes de mundos
insólitos, ocultos a los ojos de los mortales.
Espectáculo de las fuerzas cósmicas,
que juegan al azar desafiando la necesidad,
como pasatiempo lúdico sin orden ni geometría,
dejándose llevar por el placer de las probabilidades.
La luna se detiene para nadar en el lago,
se desprende de su órbita cual viajera nómada,
salta los cerros del otro lado de la concavidad acuática,
llega desnuda al remanso de las aguas,
flotando su luz como estela de fuego.
En el medio un pequeño barco pescador teme
ser quemado por las llamas celenitas,
que se irradian hasta tocar la orilla.
Mientras el resto del lago observa asombrado
a la nadadora desnuda que ha roto su órbita.
Al fondo, en el borde de la otra orilla,
las casa de un pueblo isleño duermen
con las tenues luces encendidas,
en un amanecer intrépido y deslumbrante.
Detrás unos árboles trepan el cerro
buscando escapar al incendio del agua.
Se esfuerzan por llegar a la cumbre
desde donde miraran el espectáculo,
el romance de la luna desnuda
y las caricias de las olas seducidas.
Después del baño nocturno la luna retornará
a su órbita geométrica alrededor del planeta consternado.
Quedará el recuerdo de la fluida navegación lunar
por el lago de los urus, anteriores al sol.
Habitantes ancestral de la oscuridad luminosa
de la eterna noche del comienzo universal,
cuando no había luz, solo peces de plata,
pescados al amanecer para alimentar
a la comunidad de los argonautas de agua dulce.
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