La gaviota y el lago
La gaviota y el lago
Sebastiano Mónada
La gaviota vuela somnolienta sobre el lago,
detenido en su acuática expansión de pez dorado,
por la cadena de cerros desprendida de la cordillera,
por las playas húmedas del Altiplano deshabitado.
Meditación telúrica del Amauta ancestral,
que observa el murmullo de muchedumbres de olas,
moviéndose colectivas en una procesión interminable.
La gaviota mira, integrando sus visiones, los tejidos del paisaje unificado.
Siente en el soplo airoso de la atmósfera enfriada por los nevados
recorrer sus plumas suavemente cual caricias de dedos de manos invisibles.
Merodeando desde las alturas, buscando presas desprendidas,
peces ocultos en las profundidades del acuático sueño de Tunupa.
La divinidad traviesa e irreverente fue capturada por otras deidades,
severas y vigilantes, de un orden cósmico inmutable.
Tunupa jugó con las fuerzas inmanentes del Pacha,
transformando la energía en materia y la materia en energía,
demostrando la mutabilidad de todo en el tiempo.
Transgresión imperdonable, sometida a castigo por los dioses.
Fue amarrado a una balsa de t'utura, abandonado a la deriva.
Cuando llegó al inmenso lago salado se hundió en una orilla,
hasta toparse sumergida con el fondo lacustre,
que le abrió mágicamente las puertas del infierno.
Volvió a rebelarse en la Macapacha,
reunió flujos de magma incandescente,
emergió voluptuoso arrasando las distancias.
Provocando terremotos demoledores en el Acapacha.
Trepó en gigantesca explosión hacia el Alajpacha,
arañando la bóveda celeste, asustada por el acontecimiento.
Desde el cielo desparramó sus cenizas como lluvia furiosa.
Volvió a jugar con la metamorfosis de las fuerzas,
convirtiéndose en serpiente alada y luminosa.
El vuelo de la gaviota rememora el acontecimiento,
narrando en las rutas silenciosas de geometría curva
la tragedia de Tunupa y su renacimiento,
su devenir volcánico y su lluvia de cenizas,
abandonando las tierras de los cultivos.
La gaviota merodea rapaz el lago mítico
buscando casar fantasmas que se bañan
en las aguas sagradas donde los puentes del Titi,
intrépidos, cruzan portales que conectan mundos.
El lago reflexiona sobre el espacio-tiempo tejido a mano,
por artesanas de la composición geométrica de los colores,
que inmovilizan las alegorías simbólicas de los mitos andinos,
donde el cóndor y el puma se encuentran recíprocos en el tinku.
La quietud acuática repite el silencio cóncavo de la bóveda vacía,
que impide vislumbrar el firmamento de galaxias y constelaciones,
debido a la luz solar que invade el planeta azulado,
evitando caiga por la seducción de los agujeros negros.
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