Bosquecillo

Bosquecillo


 



Sebastiano Mónada





 


Recorrido por la imaginaria gruta formada
de gigantes eucaliptos, curvándose a la mirada,
arrastrándonos durante el sendero frondoso 
en un viaje en el laberinto de la memoria.

Troncos y ramas se elevan al cielo buscando a los ángeles desaparecidos,
asesinados por la vertiginosa modernidad, que barre a los fantasmas
del suelo, donde la hojarasca acumulada sepulta los espesores de la piel
profunda de las sensaciones movedizas como ondas fluidas.

Nadando como peces de plata en copioso mar adentro,
imaginando por el recuerdo de un viaje aventurero.
Metamorfosis solar convertida en siluetas marinas,
merodeando la superficie movediza de las olas
para cazar el plancton deseado por la voracidad 
del metabolismo heredado de tiempos inmemoriales.


Abajo, un colectivo de arbustos protege a los pies de los tronco,
que se yerguen con toda su corteza desportillada por el tiempo remoto.
Arriba, las tupidas ramas protegen a los paseante del sol radiante.

Un juego de luces y sombras da lugar a los matices cromáticos de la arboleda,
dejando patente las distribución sensible de las huellas de la percepción.

Al borde del bosquecillo, el rumor del riachuelo pronuncia la voz de la fuente,
abandonada en la roca quebrada de la cumbre de la cordillera somnolienta.
Queriendo recordar el mapa encomendado de su camino incierto.

En el otro borde de la ruta, cubierta por los árboles enfilados,
se encuentran las casas edificadas en el lomo de la montaña,
que ignora al riachuelo y al bosquecillo, pugnando en el recorrido,
borrando distancias para recuperar el tiempo perdido.

En la copa de la arboleda las ramas se ofrendan a la fogata solar,
sacrificio perdurable del enramado acariciado por la brisa inocente,
que quiere salvarla del curso dilatado del destino inscrito en las raíces,
ocultas a la vista, buscando escapar del ritual del sacrificio vital.

Raíces consumidoras de minerales para dar vida a los árboles inmolados,
donando su sabia vaporizada a la atmósfera urbana de la otrora ciudad
de los abultados tambos y de los circuitos de la mujeres lecheras.

Mi paso es lento, acompasando al ritmo melodioso de la brisa,
buscando descifrar el rumor del acuático lenguaje desconocido,
de  un hilo suelto de la cuenca en plena caída hacia el trópico,
Desprendiéndose de las cadenas congeladas de la cordillera.  

Buscando olvidar la historia sinuosa de las civilizaciones,
que no encuentran salida en las encrucijadas del laberinto
de sus soledades multitudinarias y melancólicas.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Marqueza Teco: “Tenemos nuestros ríos que son nuestras carreteras”

Espectros de amos derrotados y muertos