Jacarandá yungueño
Jacarandá yungueño
Sebastiano Mónada
El jacarandá se eleva en la montaña,
protagonista tropical de la transición geográfica.
Sobresale entre otros árboles concurrentes
y entre la profusa elocuencia de los arbustos.
Sus flores, en artesanía tubular, sobresalen en la copa abierta
a la consagración de la primavera, que se aproxima,
anunciándose con la proliferación de las lluvias,
interrumpidas apenas por asoleados días
y despejados cielos nocturnos donde flota
la Vía Láctea, galaxia nuestra, ensimismada,
visible forma de serpiente navegante,
ocultando su reflexión en espiral barrada.
Jacarandá de ramas largas,
ofreciendo el verdor de sus hojas
al impetuoso cielo nublado.
Se hace evidente la floración morada,
ofrenda a las fuerzas atmosféricas en pugna.
Haciendo de fondo, la serranía se extiende pletórica,
debajo de las nubes aposentadas en las cumbres majestuosas.
El juego de luces y sombras repta por las pendientes,
muchedumbre de reptiles al acecho,
sin definir la batalla climática desatada.
Cerca de las faldas de las montañas,
visibles trazos rectangulares escarbados,
se notan los famosos cultivos de coca,
sembrados con la técnica del wachu wachu,
terrazas heredadas desde tiempos previos
a la irrupción conquistadora de la Colonia.
El paisaje yungueño varía por pisos ecológicos,
de acuerdo al lugar arraigado en la pendiente,
desde las frías cumbres hasta las orillas de los ríos,
que brotan de los manantiales cristalinos,
resbalando después en corrientes apresuradas.
Jacarandá, creces al borde de los ríos,
refrescando la sed de tus profundas raíces,
brotas repentina en las laderas húmedas
y en el monte tupido de las alturas soñadoras.
Jacarandá de Coroico, alegras copioso al bosque,
otorgándole, con tu presencia violeta desparramada,
una insinuante composición cromática florida
en el profuso verdor arborescente de tu paisaje caprichoso.
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