Ocaso yungueño
Ocaso yungueño
Sebastiano Mónada
Los últimos rayos del sol incendian las nubes,
coloreando el paisaje en una despedida candente.
Los árboles observan absortos el acontecimiento,
temiendo que las llamas les alcancen,
abrazándolos en una fogosa partida.
El contraste es notorio entre el verde oscuro
aposentado en las hojas de las ramas,
la sombreada presencia de los árboles,
y el ocaso encendido de la clausura celestial.
Soy testigo del evento revelador del movimiento
atmosférico, de la transformación visual,
que vibra, que se manifiesta, mostrándose en el tiempo
serpenteante de la duración rítmica del atardecer.
El planeta gira inventando ciclos cortos, medianos y largos.
Movimientos entrelazados de los tejidos artesanales
de las mujeres artistas de la escritura ancestral.
Replegando en los estratos de la memoria sus registros marcados.
Con el ocaso se anuncia la captura de la mirada nocturna,
cazadora de galaxias fugitivas que huyen del origen.
Con el amanecer se da apertura a la reflexión,
al recorrido interno de la mirada íntima,
cuando los pobladores del planeta buscan respuestas
a sus preguntas sobre sí mismos, quiénes son,
qué hacen, de dónde vienen y a dónde van.
Cuestiones cruciales, misterios heredados, senderos abiertos,
en la tupida maraña de fenómenos indescifrables,
cuyas respuestas son búsquedas del tiempo perdido.
La recuperación pasa por salir del olvido,
retornando a los recovecos de la memoria.
Los yungas son una transición de las selvas montañosas
a los inmenso llanos amazónicos, de extensión oceánica,
y al monte alto de las profundidades boscosas
de la enorme cuenca de la serpiente sin ojos.
El crepúsculo yungueño hace de ceremonia espectacular
del sacrificio pictórico de paisajes en declive tropical.
Iniciación ritual del viaje al iluminado cosmos,
en el desierto oscuro del vacío invisible.
Pinos de monte, molles, helechos, orquídeas,
se elevan en la atmósfera húmeda, consagrando
la rotación de las estaciones lluviosas y secas.
Árboles arraigados en pendientes de profusa floresta,
flores encendidas de variadas composiciones,
reteniendo el agua que fluye por caudales,
irrigando y fertilizando a su paso los territorios.
Águilas y halcones aparecen surcando en las alturas,
navegantes aéreos que dominan corrientes atmosféricas.
Loros y pericos atraviesan los aires, en coloridas acrobacias,
regalando polifónicas melodías que alegran la mañana.
Los jukumaris han desaparecido poco a poco,
paso a paso, en una interminable guerra de posiciones,
internándose en las profundidades impenetrables.
Los saris, roedores yungueños, rondan tímidamente
los senderos secretos de las montañas encantadas.
Los duendes se ocultan a la mirada adulta,
sólo los niños inocentes pueden jugar con ellos.
Son rápidos y diestros estos pequeños fantasmas,
intérpretes de los sueños y las pesadillas.
Adelantándose los árboles se oscurecen,
el remanso de ramas abultadas se despide,
la nostalgia de helechos entristece el ambiente.
Los enormes pinos se elevan interpelando al crepúsculo,
aunque la fogata de nubes predice un nuevo día,
después del silencio cromático nocturno,
cuando abren los ojos los búhos para alzar vuelo.

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