Shajareh Tayyebeh

Shajareh Tyyebeh

Árbol Puro



Sebastiano Mónada







Estaban estudiando, era habitual, en la mañana abierta.

La escuela era escenario de aprendizaje esencial,

comienzo de trayectoria curvada de la vida.

Cuando, sin aviso previo, de manera inesperada,

el fuego arrasó con el inofensivo conglomerado  de niñas.

Ahí se acabó todo para ellas, se interrumpió la trayectoria,

que comenzaba a despegar en el alba de la temporalidad,

el comienzo fue abruptamente acallado por el fuego.


Un misil que lleva un nombre indígena de Abya Yala,

el continente del don y de la reciprocidad. 

Tomahawk, un hacha sioux, con sonido powhatan

Instrumento de caza y de la guerra para matar.

Bautizado así por los asesinos de indígenas,

por los exterminadores religiosos de la reforma.

Paradoja de cristianos que asesinan al prójimo.

Fugitivos de la persecución absolutista

de la monarquía católica, apostólica y romana,

que llegaron al territorio oculto entre océanos, 

por la bruma insidosa de los terraplanistas,

sin pedir permiso a los dueños de la tierra,

ausente en la cartografía europea.


Los conquistadores de un continente que no les pertenece,

que resistió a las oleadas violentas del despojo,

son el eterno retorno de la conquista y la colonización,

de la guerra de exterminio contra los pueblos nativos .

El hacha irrumpió en el momento cruel del crimen,

destruyendo el germen del futuro esperado.


Los señores de la guerra y del capital se vanaglorian 

de matar niños, de arrancarlos de la Tierra,

despedazando sus cuerpos martirizados.

Amenazando a toda resistencia heroica.

Para ellos este crimen es un acto de guerra.

¿Acaso es coraje esta cobardía manifiésta?

"Matarlos antes de que sean combatientes".

Lo dicen con naturalidad monstruos inhumanos,

Leviatanes emergidos del infierno supremacista.

Hombres cosificados hasta el tuétano de los huesos, 

sin dejar carne viva, ni tejidos corporales. 


La escuela lleva el nombre de Árbol puro,

Árbol que fue cortado de raíz

por los colosales verdugos bíblicos, 

sin perder la pureza hecha cenizas,

mimetizada en la atmósfera turbulenta.

El Tomahawk interrumpió la vida del Árbol puro 

y de la inocencia inmaculada, 

de la pureza deshecha, fracturada,

convertida en múltiples trizas.


Mataron a niñas, arrojando su odio acumulado,

sus inseguridades masculinas atrofiadas, 

sus complejos ateridos en sus huesos seniles,

encubiertos apenas por la arrogancia inaudita,

inmadura y pestilente, 

racial y paranoica.


Los padres de las niñas vinieron a buscarlas,

desesperados, angustiados por la tragedia,

entre los cadáveres diseminados en las ruinas.

Un segundo misil mató a los padres.

Los lanzadores de los hachazos certeros, 

cohetes teledirigidos por satélites,

preparados con antelación calculada,

esperaban que acudan para matarlos.


¿Qué gente hace esto?

Matar niñas para después matar a sus padres.

Sólo la decadencia sin límites puede explicarlo,

sólo la perversión extrema puede ser causa,

solo la cobardía enmascarada es el motivo,

de semejante crimen contra la humanidad.


No son humanos estos abominables fracasos,

estas patologías bizarras subjetivas,

incongruentes y descompuestas,

de la sociedad moderna extraviada en su laberinto.

Han perdido hace tiempo esta condición del ser.

No devienen, no son parte de la ontología. 

Sin dialéctica es un estancamiento fatal,

están ateridos en un anacronismo vernáculo.

Atrapados en su violencia brutal.

Son hombres bizarros en un mundo prosaico,

que se solazan con el asesinato de indefensos.

La crueldad desbordada de monstruosidades sin alma.

La elocuencia proliferante de la banalidad del mal.


Se acabó todo, el sentido ha muerto,

la realidad ha sido reducida a cenizas.

No hay vida en las ruinas que quedan desoladas.

No hay congoja en la atmósfera herida.

No hay paz que pueda apaciguar a la muerte.

Solo la guerra perpetrada por los jinetes del Apocalipsis.


En la ciudad de Minab se perpetró un crimen atroz.

El secretario de guerra del imperio en decadencia

lo dijo sin disimulo y con desparpajo:

"No hay que tener piedad".

Esta es la consigna de estos hombres sin atributos,

sin horizontes, sin perspectiva, sin valores,

Desgarrados en sus contradicciones sin solución

Vacuidades al mando de armas de destrucción masiva.

Consciencias turbadas en su propia desdicha. 


Vociferan porque odian al prójimo

y se creen cristianos, olvidan 

que el último cristiano murió en la cruz.

Los discípulos son los nuevos asesinos

de Jesús después de la resurrección.


En el crepúsculo ensangrentado 

sube el humo negro de las ciudades acribilladas

por la furia de los que se dicen elegidos de Dios,

inventado por la escritura de plagios

de inscripciones religiosas más antiguas. 

Hecha por escribas del templo

y repetida por fariseos pretensiosos.


Los hijos del invento de la leyenda de los elegidos,

que no tuvieron nunca un  éxodo,

que es otro mito transmitido en el estupor de milenios,

se ensañan contra los oriundos de Palestina,

expulsándolos de sus entrañables tierras

de olivos legendarios, memoria ancestral,

cometiendo genocidio contra los gazatíes,

disparando a la cabeza de los niños, 

asesinando su porvenir proyectado

en el horizonte indeterminado.


La guerra interminable en el Levante acontece

en la recurrencia intermitente de la conflagración.

Trágico destino esculpido en la roca de los misterios.

Fatalidad inscrita en el desierto y en las montañas,

en la piel bronceada por el sol enardecido. 

Conmueve a las ciudades pobladas de memorias.

Atrapadas en el amnesia irremediable del momento,

que atenta contra el recuerdo borroso

desplegando la explotación del fósil prehistórico,

del que absorben su energía no renovable.

Olvido de un presente perdido en la ilusión del dinero,

artefacto abstracto de los usureros.


Oligopolios del petróleo martirizan el suelo,

vaciando las entrañas geológicas de la Tierra.

Convierten a los hijos de las civilizaciones

del Eufrates y del Tigris en fantasmas del desierto.

Construyen ciudades fantásticas de vidrio,

sueños delirantes de los estupefacientes,

fabulosa ilusión del fetichismo del mercado.

Un presente sin pulpa, cáscara engañosa,

que no se come ni se goza.

Puro espejismo del desierto.


Ahora buscan deshacerse de Persia,

hacer lo mismo que hicieron con otros países

del Medio Oriente descuartizado por europeos,

en su compulsiva vocación de dominio,

vuelto a fracturar por los yankees,

en su enfermizo afán por el lucro.

Destruirla, balcanizarla, para usurpar su oro negro.

Para reconstruirla a su modo, negocio inmobiliario.

Imaginación estéril de gente sin estética.


 ¿Quienes son los que matan a niños?

No aman la vida ni aman la muerte. 

Odian la vida y odian la muerte. 

En verdad se odian a sí mismos.

Desean la apariencia y el espectáculo.

Borrar la existencia, dejarla pendiente,

al borde, en el abismo de la nada. 

Desesperados por el reconocimiento

de su entorno exiguo e inútil.


Temen la alegría humana, no la entienden.

No pueden descifrar los códigos de la emoción.

No pueden dar afecto, les han extirpado las sensaciones.

Les han succionado el alma,

les han disecado el espíritu.

Solo quieren hacer desaparecer a los otros,

solo quieren librarse de sus fantasmas,

escapar de sus miedos y terrores.

Solo quieren habitar un cementerio,

donde sean monarcas de montañas de cadáveres. 


Hombres paranoicos, perseguidos por sus sombras.

Reyes mancos y reyes ciegos,

tiranos y aprendices de magos,

prestidigitadores insatisfechos, 

rodeados de eunucos que entregaron sus órganos,

a los emperadores de abalorios.


Para ellos matar a niños es parte de su catarsis

sin sentido, sin perspectiva, sin horizonte,

de un extravio sin límites en el delirio del crimen

contra la vida, el amor y la inocencia.


Odian a los pueblos, quieren reinar sin ellos,

quieren gobernar con el uso de instrumentos

y máquinas bélicas sofisticadas,

que no descifran sus engranajes,

que tampoco comprenden, que tampoco entienden,

menos conocen su heurística articulada,

ingeniosa extensión corporal humana,

por haber separado tecnología de cultura, 

por haber abolido las significaciones técnicas.

Creen que son herramientas que llenan sus vacíos,

su insondable desconocimiento del mundo.


Cuando se sientan acorralados no dudaran 

de usar el arma atómica,

el recurso de la solución final.

Inaudita salida apocalíptica 

a los problemas que les afligen,

que los atormentan de noche y de día,

que es la presencia proliferante de la alteridad,

el devenir de la potencia creativa vital.


Arrastran al mundo a la catástrofe,

a la condena del cataclismo planetario.

Consideran que se merece el castigo divino,

por no haberlos adulado en su gloria festiva,

en su carnaval de arlequines tristes

y bufones sin gracia.


Al final las niñas mártires habrán vencido.

Su sacrificio trasciende el gesto del crimen.

Evidencia la miseria humana de la élite mundana,

el descomunal vaciamiento ético,

la podredumbre de los déspotas,

gobernadores de los cementerios. 

 







 








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