El que mata no sabe lo que mata


 

El que mata no sabe lo que mata

 

Sebastiano Mónada

 

 Este poema fue publicado en OIKOLOGÍAS en 2016.



 

 

 

 

El que mata no sabe lo que mata.

No sabe de la tarde

cuando el búho levanta vuelo

alumbrando el crepúsculo.

 

Mata la vida

como se mata el aburrimiento,

desflorando margaritas.

No sabe lo que es la vida,

ni le importa.

 

Ya lo tiene de antemano 

todo resuelto.

Cree es cualquier cosa.

Puede ser mariposa

o tallo arrancado.

Cualquier madero triste,

rompible al alcance

de sus manos inútiles,

trenes varados

en estaciones olvidadas.


Solo sirve para quebrar

las ramas, ondulando agraciadas,

hasta que las arrancan.

Solo sirve, amenazante,

para impedir el paso galopante

de los sueños.

y matar.

 

El que mata no sabe nada.

No sabe de la materia oscura,

de la energía oculta

en las abismales hendiduras

de las profundidades puras.

No sabe que mata su propia vida.

Castigo divino.

condena heredada

de pecados pasados.

 

Al matar otra vida

como venganza

cree en una lucha

por la supervivencia,

como si la vida en el mundo

fuera frenética concurrencia.

 

¿La de él?

¿A costa de otras vidas?

¿Cree su vida es posible

sobre montañas de cadáveres? 

El que mata no ha entendido

nada de nada.

No ha entendido la mirada humana,

ni el rostro narrando.

Las tramas perdidas

de aventuras olvidadas.

 

Muestra confusión depravada.

Su miseria aterida,

su alma desgarrada,

su consciencia desdichada,

du soledad congelada.

 

¿Acaso cree el universo

se ha creado

como escenario de sobresaltos?

Para sus tristes deseos,

sus lamentables dominios,

sus riquezas numerarias,

se desaten como bandas

de murciélagos

asustados.

Vuelos alocados.

No se salva de la muerte.

 

Hombres consternados

como ejemplo mostrados.

Lecciones expuestas en pizarrón,

postulado modelo

de hombre

a seguir adelante,

si ese es el arquetipo.

Triste es el resultado

de la creación.

 

Los que matan son agonía,

desangrado suicida

en tibia tina.

Padecimiento

de mundo desolado.

Algunos se consideran

ángeles exterminadores.

El castigo de Dios.

No son sino piltrafas humanas,

desechos de urbes despiadadas.

 

¿Quiénes inventan leyendas

de estos tristes personajes abandonados

su suerte?

 

Los medios estridentes

no tienen nada que decirnos.

Tienen la legua suelta,

sensacionalismos dramáticos.

Los ideólogos de la verdad.

Quienes los juzgan o los enaltecen,

dependiendo del escándalo.

Los monjes verdugos,

armados de látigos,

persiguiendo infieles.

Los machos prepotentes,

niños mimados,

esconden su miedo

detrás de su máscara 

de mármol pulimentado.

Encubriendo su pavor

 a la otredad,

a la alteridad,

a la mujer

postergada.

 

Estos impotentes

humus sin semilla

desahogan su drama

en quienes señalan como demonios,

cuando son ellos los destacados

en acciones homicidas

 los predispuestos al horror. 

Vocación injertada

para escapar de su terror.

 

De los que matan hay de toda clase.

Un abanico barroco

en manos de una doncella

seductora de autoridades

y de pasiones ajadas.

 

Los que reclaman desesperados,

con las manos de ahogados,

ser reconocidos

como nobles antiguos

y héroes no recordados

de batallas cruciales.

Por eso llaman la atención

con sus atrocidades.

Los que se presentan justicieros,

jueces implacables

con los ojos vendados.

 

Héroes de pacotilla

en sus riesgos de circo.

Creen haber cumplido

con mandato categórico,

después de haber bombardeado

ciudades.

Ruinas urbanas de guerras

sin sentido.

 

Los que obedecen órdenes,

soldados ciegos.

Entonces lo hacen

y no les incumbe,

sino a sus jefes.

 

Los que lo hacen por la causa,

buscando el perdón esperado.

Motivo suficiente justificado

por la historia,

por la humanidad

deshabitada.

 

Al dejar ríos de sangre

muestran

caminos de muerte

para llegar a la utopía

inalcanzable.

Con tanto peso macabro

 la lista es larga.

Tienen en común

el desprecio a la vida.

Para ellos solo vale la idea

o sufrimiento propio.

Solo vale el fin perseguido.

Llegando al objetivo 

por medio

de la muerte.

 

¿Qué son?

¿Quiénes son?

¿Son ángeles acaso?

¿Tienen alas?

¿Son justicieros?

¿La justicia es castigar?

¿Dejar marcas en el cuerpo?

¿Dejar sin compañero a mujeres?

¿Dejar sin compañera a hombres?

¿Dejar sin padre o sin madre

a los hijos?

¿Son utopistas?

¿Utopía sembrada de cementerios?

 

¿Cómo aparecen? ¿Cómo se forman?

Quienes con tanta facilidad matan

u ordenan matar.

 

Antes son profetas

o fieles seguidores.

Antes son sombras grises

Antes son víctimas despreciadas

por todo el mundo.

Antes son culpables

de haber pecado.

Antes se guardan resentimientos

ateridos.

En sorpresiva aparición imprevista.

Vengadores apocalípticos.

Crueldad celestial de ángeles

caídos

sin alas.

 

¿Podrá vencer esta gente a la vida?

La vida risueña y alegre.

La vida inventora.

La vida artista.

La vida danzante.

La vida crítica.

La vida amante.

La vida embriagante.

 

No parece posible

ni razonable

que venza

quien ignora la vida.

Prescripción de astros embriagados.

Reduciendo a la miseria,

al tamaño de su prejuicio,

a la vida.

 

Que venza

como si no pasara nada,

castrado como eunuco,

entregando sus órganos

al poder.

 

Que venza

quien hace

y deshace.

No sabe,

que es la antelada muerte.

 

Lo que pase

no depende de él,

del asesino,

ni de ellos,

los parecidos,

sino de nosotros.

 

Si amamos la vida

debemos parar el círculo vicioso

de matanzas repetidas

y venganzas crueles.

 

No hay por qué castigarlos

en el patíbulo

o matarlos,

para quede constancia.

Nadie puede rebelarse contra el poder,

ni la justicia.

Lo mismo hacer

al revés.

 

Tenemos que tomarlos como víctimas,

aunque no quieran ver

que así es.

Sentir el frío,

el hielo del poder.

Máquina de acero

para padecer.


Tenemos que mostrarles

lo que hace el Estado con ellos

y con nosotros,

arcillas moldeables.

Inculcando sus odios.

Sembrando sus prejuicios

en nuestros cuerpos,

tierra desechable,

despojándose de fertilidad heredada.

Lo que hacen los fundamentalismos,

el origen o raíz de todo,

con los creyentes.

Llevando a su gente a la guerra santa,

guerra cósmica entre el bien y el mal.

Cuando esa guerra se resume

a perseguir al demonio encarnado,

Cuando son ellos los que construyen

El infierno.


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