El Averno de los Urus

 El Averno de los Urus


Sebastiano Mónada 


Dedicado a Fernando Soria Antezana



Fotografía de Fernando Soria Antezana



Un tumulto de diablos danzarines 

se aglomera alrededor del fuego.

Se quema al ángel que combate al mal,

tan solo con una espada celestial,

de metal brillante como el cristal.


El ángel no pudo contra la tropa desalmada

de los demonios en comparsa promiscua,

en algarabía y alborotada.

Danza satánica de la alborada,

cuando las bandas tocan al unísono

en escenario multitudinario.


Se reveló el Averno contra Dios inmaculado.

Sacrificó al ángel en la plaza de armas.

Lo amarró a un poste de madera improvisado, 

amontonó la leña preparada de antemano,

para quemar el cuerpo virgen y deseado

del enviado divino a combatir el mal,

la enajenación perversa de los demonios.


El ángel derrotado en la batalla,

se entregó a su martirio,

sin suplicar misericordia.

Tan solo miró al cielo que lo abandonó.

Bajó los ojos dulces y brillantes,

bajó la mirada lucida y pura,

sin odio ni venganza,

para observar analítica la lujuria

despiadada de los diablos del Averno.


Los seres del subsuelo y la Mancapacha.

Los monstruos de las profundidades insondables.

Las serpientes minerales que recorren

las grietas de las rocas sepultadas.

Los parientes venerados de los mineros,

los tíos que fuman y beben,

que acullican con esmero la coca,

a los que se les dejan ofrendas 

en el interioridad de los socavones.


Más acá del tiempo, antes del comienzo,

los habitantes de la eternidad nocturna,

los Urus, que conocieron el secreto del cosmos,

se agrupan y constituyen la comunidad inaugural.

La del Ayllu, la de la dualidad complementaria,

la del Tinku, que recurre a la violencia para apaciguar

el espíritu atormentado de la explosión inicial.


Los que heredaron el fuego de los reptiles,

que emergieron en el cataclismo milenario,

de los profundos lagos de lava

que bullen incandescentes,

fundiendo la materia por morfismo,

en fatal contacto infernal,

convirtiéndola en líquido candente.


Los sapos atraídos por lluvias ancestrales,

treparon minuciosos a la Aacapacha.

En la superficie del suelo abren sus bocas 

para arrojar el fuego guardado

Donando el secreto cultural 

de la culinaria estructural

a los primeros humanos desnudos,

quienes narraron sus mitos.


El ángel, antes de ser incinerado,

habló con voz aguda, removiendo en los aires, 

la espesura invisible del espíritu angustiado,

ante la enajenación festiva de los humanos.

Carnaval que transgrede lo prohibido.


Dijo: Los humanos saben lo que hacen.

Los pocos acumulan riqueza colosal,

los muchos son condenados a la miseria

Hacen gala de las apariencias 

ostentando lujos pasajeros.

En la fiesta derrochan los bienes,

buscando en el jolgorio el olvido.

Hacen alegoría de la guerra cósmica 

entre ángeles y demonios enfrascados

en convulsión violenta apasionada,

la lucha interminable entre el bien y el mal,

teatro cruel de sus propias contradicciones,

para colmar su desdicha con representaciones.

Persiguen cruzar los límites entregando sus cuerpos 

al entusiasmo del jolgorio desenvuelto,

topándose con la encrucijada del destino,

donde azar y necesidad, vida y muerte, 

juegan a los dados lanzados al cielo,

para caer a la gravedad del suelo,

logrando el desenlace del número fatal.


Del ángel solo quedó la ceniza, 

esparcida suavemente por la brisa,

en la atmósfera atormentada

por la rotación eterna de la tierra.


Una vez consumado el sacrificio,

los diablos volvieron a danzar,

enloqueciendo a los espectadores,

que fueron de turistas al infierno.

No como el poeta Dante Alighieri

que fue en búsqueda de la verdad,

guiado por la razón de Virgilio 

y la gracia divina de Beatriz.


Cuando retornen a sus hogares cotidianos 

se encontraran con su doble agobiado,

la imagen topológica del espejo,

la alteridad de su Yo perplejo.







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