Tejido lacustre

 Tejido lacustre 


Sebastiano Mónada














La conjunción de los elementos hacen al paisaje,

tejido de colores esparcidos por la luz solar; 

de olores penetrantes, reveladores del secreto de los vahos;

de espesores territoriales, alegorías simbólicas de los nómadas;

de concavidades curvadas en la melodía de las emociones,

y de musicalidades tocadas por los instrumentos de percusión.


El lago mueve imperceptible las aguas en un remanso inagotable.

Las tonalidades del azul se extienden en la superficie 

del embalse sagrado,

centro ceremonial de las constelaciones,

que se bañan durante el sueño nocturno.


De un lado, más próximo a la mirada, la tierra y la totora 

saludan a las lejanas islas, 

que extienden su montañosa nostalgia de tiempo remolinado.

Tenues nubes solitarias navegan en la atmósfera, 

mirándose en el espejo del agua.

Narcisas, enamoradas de su cuerpo vaporoso, 

esperan recuperar el tiempo perdido.


Del otro lado, la larga cordillera expone sus cumbres nevadas, 

su blanco macizo, 

enfriando la bóveda, 

cueva celestial donde se cobija la luz,

enroscada en sus propias cavilaciones metafísicas.


En la orilla, el cultivo de habas está dispuesta a entregar sus vainas 

embarazada de semillas promiscuas.

Más acá, los muros de adobe fueron derrumbados 

por los dientes del viento hambriento. 

El cuadro entero ofrece el conglomerado vital de las configuraciones 

percibidas por la mirada asombrada.


Tres barcos aguardan, esperan ser usados en la pesca de las madrugadas.

Una vaca se alimenta de hierbas y cuatro ovejas pastan somnolientas.

Es la rutina de la vida cotidiana campestre,

es el ciclo de la alimentación, de la vida y de la muerte.


La oleada petrificada de la cordillera observa el lago,

mira su acumulada reserva de agua.

Los patos nadan en recorridos cortos, 

mientras las gaviotas circundan el aire 

buscando peces desprevenidos.


El paisaje cambia de tonalidades, modificando la cromática 

de la composición abierta a la metamorfosis.

De lejos, se ve otro pueblo rutilante, 

moviendo sus pañuelos invisibles de la despedida.


A un canto, los árboles trepan el cerro, buscando altura, 

para mirar con curiosidad la distancia, 

donde se pierde la memoria,

cuando se recupera del olvido,

mediante la meditación de la nada.


El pico más alto de los nevados se eleva, 

queriendo arrancar de las profundidades 

la lava enardecida de la geología recóndita,

las vetas minerales, recorriendo como serpientes 

las estratificaciones rocosas del subsuelo, 

mientras las entrañas terrestres se conmueven 

ante el olvido del ser.


Las nubes terminaron de reunir un copioso mar vaporoso, 

dispuestas a abrir la danza de las aguas en la fiesta del clima cíclico.

Cielo y lago se juntarán atravesados por la lluvia. 

Ritual de las transformaciones de la materia,

ceremonia del desenvolvimiento de la energía.


Las tonalidades del gris diseminado adquieren preponderancia 

en un atardecer enmohecido.

La humedad invade el interior de la casa, 

apoderándose de los ambientes solariegos, 

Pegándose a la piel como caricias lacustres.


La revelación numinosa hace emerger el sentido inmanente,

que se da como transfiguración acuática,

desde los nevados sobresalientes hasta las totoras sumergidas,

pasando por la acumulación líquida del lago,

donde el Titi cruza los puentes de mundos paralelos. 


La inmensidad acuosa expande el espejo donde las nubes se repiten,

buscando su alteridad ahogada en el abismo soñado

por la comunidad de amautas desaparecidos hace siglos.

Escondidos sus espíritus en las ruinas de ciudades sumergidas,

en los tesoros ocultos a los ojos profanos de los conquistadores.


Inmensidad surcada por imperceptibles corrientes de pensamientos,

moviéndose con el oleaje múltiple del lago reflexivo,

ideaciones pronunciadas en un lenguaje indescifrable,

empero recurrente, 

decodificable por la audición simbólica 

de la cultura encriptada

de los ancestros del futuro.


La luminosidad se agazapa en la vaporosa resistencia

de una abultada nube que se niega a apagarse.

Prefiere mantener la esperanza prendida en el atardecer,

ilusionandose en la eternidad del día,

en el acompañamiento consecuente del sol,

amante del lago donde las vírgenes fueron sacrificadas.


Los espesores territoriales bordean el lago,

sitiándolo con su voluminosa presencia,

evitando que el flujo líquido huya,

atravesando los límites que impone la materia. 


Es el logro de la consagración del paisaje,

cuyas texturas se sobreponen formando el espesor

de la perspectiva estética,

que promueve las cuatro dimensiones de la experiencia,

que despliega el espacio-tiempo artista,

que repliega las otras dimensiones ocultas,

en las profundidades vibrantes de lo infinitesimal.














 



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