Legisladores de la represión

 Los legisladores de la represión


Sebastiano Mónada




Hablan desde su soledad abrumadora,

desde su aislamiento infortunado, 

desde el recónditos lugar de sus prejuicios. 

Desde las burbujas donde se refugian.


Hablan de esa manera tan prosaica

para no verse a sí mismos en su desnuda 

inconsolable beatitud simulada.

La bulla y la diatriba acalla sus miedos.


No miran al otro, no lo observan, ni contemplan

la alteridad que no comprenden ni interpretan.

Solo se miran al espejo y ven su rostro,

una pregunta incontestable sin respuestas.


Temen al otro, a la otredad, hasta su propia sombra.

Encerrados en sí mismos como el ermitaño,

inventan un mundo a su imagen y semejanza.

que no es otra que su propio encierro

construido por muros y barreras.


Tienen tanto miedo a sus fantasmas

que traman incinerarlos para que desaparezcan.

Por eso incendian bosques desatando el Apocalipsis.

Castigo de su Dios autoritario, crueldad divina,

la mano invisible de la inquisición bizantina.


Odian la rebelión de los condenados de la tierra.

Los señalan como personificación del mal.

Por eso buscan acallar la protesta,

detener el movimiento de los pueblos.

Encarcelar a los rebeldes heterodoxos

iconoclastas destructores de imperios.


Quieren volver al látigo de los patrones,

imponer el orden de los amos,

obediencia de los siervos, 

sumisión de los esclavos.


No se imaginan otro mundo que el suyo,

doméstico y rutinario hasta el cansancio.

Cuando se altera su encasillado orden

se enardecen hasta el extravío del odio.


Sueñan con un mundo vacío, sin gente,

oasis en el desierto de las mercancías.

Donde gobiernen los déspotas y sus sombras

en contra de la amenaza de los herejes.


Adoran a tiranos bizarros, sus héroes de la guerra santa

contra las multitudes de endemoniados que los sitian.

Aplauden la persecución de los migrantes,

el genocidio de los pueblos del Mediterráneo,

el asesinato de niños y mujeres indefensas.


Argumentan con cifras sin cuerpo,

que no llegan a ser datos 

de la dialéctica de la cantidad 

y el espesor de la cualidad.

Lo hacen para convencerse

de que el crimen se perpetra

a nombre del progreso. 


Se sienten satisfechos cuando se reprime

al insolente vulgo que se atreve a demandar

por sus derechos ancestrales, 

por sus demandas sociales.


El tiempo pasa y envejecen con sus ideas viejas,

guardadas en los recónditos recovecos de sus cuevas.

En la víspera no se dan cuenta que todo ha acabado,

que han perdido el tiempo sin dejar huella

en la extinción misma de su propia memoria.


Podían haber buscado en el tiempo perdido

el sentido inmanente del acontecimiento vital.

Podían abrazar al prójimo por compartir 

en el planeta anécdotas no escritas.

No lo han hecho prefiriendo el círculo

vicioso de las apariencias y ostentaciones. 


Prefieren vigilar y castigar para sustentar

sus privilegios heredados de casta.

Prefieren usar el dispositivo de la máquina fabulosa

de masas de funcionarios 

y guardias pretorianos.

Prefieren recurrir a la invención jurídica

para usar la ley como látigo amenazante.



 






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