Comedia lacustre
Comedia lacustre
Sebastiano Mónada
El aposento campesino espera la revelación luminosa.
Al fondo se extiende el lago como un espejo,
voluntad de atrapar el contubernio de las nubes.
Se acumulan en forma de pasiones vaporosas,
guardada para la ocasión de las despedidas.
Al fondo
el borde montañoso
de los linderos territoriales,
se alarga como serpiente ancestral.
En la profundidad de la distancia,
que recorre la mirada viajera,
aparece la isla de manera borrosa.
Dejando constancia del olvido acuático.
En la orilla de la playa campestre,
después de los cultivos,
se desplazan las melindrosas totoras;
bamboleo de verde olivo.
Parece un remanso vegetal en descanso.
Olvido perseverante,
ausencia del puerto en ruinas
Esperando a barcos fantasmas.
Se fueron hace tiempo
en un viaje sin memoria.
del que no se retorna,
salvo como melancolía
o ilusión agazapada
en la ondulante brisa silenciosa
e invisible.
La bóveda está ocupada
por la concavidad angustiante
de una reflexión celestial.
Aposento del continente nublado,
quebrado por la hendidura abierta,
orificio celeste herido,
ahogado por el flujo blanco
de la disipación del tiempo nublado.
El olor a tierra emerge
de la piel dormida
del cultivo lacustre.
Durmiendo todavía,
atrapado en sueños diáfanos,
recorridos simbólicos,
que no pueden interpretarse.
La banda de gaviotas bulliciosas
se convirtió en flota
de barcos invasores.
Conquistadoras aladas del alba.
Avanzan sobre las islas
en una expedición pirata.
Cuando llegan,
desatan multitudes
de proyectiles transparentes.
Enjambres de lágrimas
que limpian las cabelleras abultadas
de tristeza.
Multitud de mujeres abandonadas.
El plano lacustre promueve
su inquietante zozobra
de espejo sin nombre.
En el fondo profundo,
los peces se esconden.
No quieren ser cazados
por redes astutas
de naves ficticias.
Embarcaciones ancestrales de juncos.
Se ha desatado la conflagración atmosférica.
Se da curso a la batalla de acorazados vaporosos.
Entrabados en una guerra cruenta,
que busca ocupar el alma lacustre.
Inmanencia líquida de la percepción.
Nuevamente la serpiente terrestre se alarga ondulante,
hundida en la magia secreta del lago,
que la convierte por arte
en una ciudad arcaica en ruinas.
Ya vencedora la flota vaporosa se retira,
dejando las huellas impregnadas
por el agua de la invasión repentina.
Charcos entumecidos del bombardeo lluvioso
en el espesor palpitante campestre.
Al frente,
las montañas observan curiosas el desenlace.
En sus faldas,
pequeños poblados se afincan,
enraizados como siembra aldeana.
Los villorrios tienen compañía en tercas arboledas.
Elevan su retórica de enramada vertical.
Frondosa argumentación hecha de madera.
La luminosidad del lago rodea la península solitaria.
Imita al cielo nublado en su diseminación difusa.
Cerca,
pequeños islotes de totora son sitiados
por el penetrante sondeo acuático.
Detrás de las montañas las flotas volátiles
de la conflagración atmosférica se retiran,
hacia la inmensa puna sembrada de tubérculos,
hacia los valles reverberantes,
que se descuelgan de la cordillera.
Se abren fértiles ondonadas donde se planta el maíz.
Ha terminado la confrontación atmosférica.
El lago queda en paz consigo mismo.
El cielo se sumerge al fondo lacustre.
Ahogado,
mira con ojos melancólicos
la concavidad habitada
por nimbos hospitalarios.
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