Aurora
Aurora
Sebastiano Mónada
La aurora enciende las nubes pintándolas de anaranjado.
Amanecer aéreo cuya bóveda prendida oculta el firmamento.
Debajo, la cordillera duerme todavía, atrapada en sus sueños.
El contraste es evidente entre lo visible y lo oscuro,
entre el iluminismo matinal y el secreto de la noche,
que se niega a abandonar la residencia profunda del olvido.
El cielo desnudo se baña en la lluvia solar,
estimulando la extensión celestial sobre el paisaje adormecido.
Por dentro, el territorio se conmueve ante la revelación de la luz,
promiscua artista de la cromática de los colores
y de la proliferación de las formas escurridizas,
del devenir de lo visible y la trascendencia mutantes,
de la alegoría planetaria, ritual recurrente de los mitos del origen.
Se dibuja un borde alargado, que separa lo conocido de lo oculto,
la manifestación vital del silencio terrestre,
que esconde en su espesor las claves de su existencia.
Vetas minerales no profanadas y manantiales acuáticos no contaminados,
lerdas mutaciones geológicas y metamorfosis de pliegues reflexivos.
Se adivina la arboleda que bosqueja otro borde
estratificando el olvido y el silencio inmaculados,
mostrando una composición opaca de tonalidades sutiles,
que abren el camino del alba para los gitanos,
sin patria, sin nación y sin Estado,
aposentándose en los tejados criollos,
cocidos en artesanales hornos nativos,
donde duermen las palomas la eternidad del instante.
En el diferimiento matutino nadie espera a alguien.
Nadie sueña en su baranda colonial,
escudriñando el horizonte dibujado por las golondrinas,
buscando auscultar el porvenir anunciado.
Es la apoteosis de la ausencia, la apología de la espera,
nacimiento de la rebeldía de la presencia postergada.
El añorado retorno de los ancestros nómadas.
Ya se hará de día cuando del manto oscuro
salten, como arte de magia, los contenidos
de las formas evasivas en su expresión genuina.
Las casas y los edificio descubran a la urbe,
poblada por fantasmas quijotescos.
El gato solar se lance a las cumbres piramidales,
encendiendo en sus conos el recuerdo de su magma incandescente,
rememorando un antiguo acto heroico.
Ahora petrificado como escritura jeroglífica,
para ser descifrada por poetas conquistadores del alba.
Las ventanas repetirán tardíamente el acontecimiento de la aurora,
chismosas de vidrio que cuchichean lo mismo,
tergiversando lo ocurrido, cambiando apenas el relato.
Remontando el mito bíblico de la creación desde la nada.
Cuando fue la aventura azarosa de la polifonía de las cuerdas
la que compuso melodías inaugurales en el pentagrama del tiempo.
Aurora, vanguardia solar, anuncio de un nuevo comienzo.
diseminación de los sueños rumiados por cuerpos adormecidos,
despertar vital de la energía estética, que inventó el cosmos,
cambiante en su expansión curvada en el deseo,
y creó desde las resistencias territoriales
la alteridad femenina, emancipación de la potencia
creativa del eterno devenir de la vida fluyente.
Corrientes de ríos que nacen en las rocas de altura,
resbalan por las pendientes precipitadas,
atraviesan la fertilidad de los valles labrados,
se convierten en meandros, serpientes sin ojos,
en las inmensas selvas de la Amazonia no conquistada,
hasta llegar al océano a desafiarlo dulcemente
con el torrente espumoso de su oratoria solemne.
La autora contiene la memoria ancestral de la materia,
plasmada por la energía vibrante de las ondas viajeras,
tejedoras de espacios temporales y tiempos espaciales.
Espirales de ciclos largos que viajan para encontrarse
con el origen perdido en el horizonte de eventos
del agujero negro, singularidad sin reglas.
Comentarios
Publicar un comentario