La búsqueda del ser perdido en su dilema

La búsqueda del ser perdido en su dilema

Sebastiano mónada




                                                                                Pintura de Sigfredo Chacón



La alborada y el crepúsculo se parecen porque incendian al iniciarse y al despedirse.

El nacimiento y la muerte forman parte de lo mismo: La vida.


En medio están el día y la noche, los contrastes, el sol en distintos lugares, 

mientras la tierra rota desplazándose en su órbita somnolienta.

Girando alrededor del eje oblicuo de su pasión inaugural,

que busca insaciable su propio origen omitido, 

trasladándose al fin de los tiempos,

al confín escudriñado de la mirada humana,

al agujero negro del olvido de lo que fuimos, 

de lo que queremos ser a pesar de todo,

en la inmanencia de las profundidades insondables. 


Las cordilleras son olas petrificas de magma incandescente.

La mirada que observa el tiempo descubre su inmovilidad inquietante,

la dilatación eterna de su comienzo inencontrable,

perdido en los recovecos de la memoria cósmica.


Mientras los sueños humanos inventan transformaciones,

desplazamientos arriesgados y rupturas radicales.

Cruce de puentes que al traspasarlos se derrumban.


Es ilusión que todo transcurra en una sucesión única,

en un tiempo que se estira elástico buscando su límite, 

registrado en la inscripción hendida de la erosión.


El tiempo no es más que el eterno retorno de lo mismo, 

el retorno a la misma diferencia de la pluralidad inaugural.

La asociación es el secreto de la unidad imposible.


Hay dos estilos del eterno retorno a lo mismo: El círculo vicioso y el círculo virtuoso.

El círculo vicioso retorna a la destrucción, al estallido como fragmentación, 

pulverización del instante mismo del comienzo imposible.

El círculo virtuoso retorna a la potencia creativa, al inaugural afecto desbordante, 

a la estructuración de la voluntad estética, que crea de la nada.


Donde lo mismo radica en la diferencia misma de la ipseidad,

en la pluralidad constitutiva de la unidad cambiante.

Metamorfosis de la primordial aparición alterativa.

Lo mismo reside en la invención de lo nuevo 

a partir de la dinámica de las composiciones inmanentes.

Lo nuevo es el retorno a lo primigenio mutante.


El acto heroico es lo más parecido al acontecimiento inaugural del cosmos,

es la donación, la entrega, el obsequio de la potencia vital al devenir.

Lo que viene inmediatamente después es la metamorfis del gesto romántico 

de sacrificio ritual y donación sin retorno.

La liberación de las fuerzas contenidas en el núcleo, 

que comprende a todas las posibilidades inherentes.

La realización artística de la imaginación radical.


Se puede decir que en el comienzo fue la rebeldía, 

romántica exposición de las pasiones humanas.

Inicio de las sociedades itinerantes y territoriales,

matriz de las asociaciones solidarias y comunitarias.

Fundamento de las ideaciones iluministas.

Premisa corporal de la convocatoria social.


Residencia en la tierra y nomadismo del desplazamiento, 

dos actividades complementarias en sus contrastados estilos,

diferencias que se entrelazan en su dilema existencial, 

conformando recorridos alternativos de destinos inventados. 


Ilusión de libertad en la escritura heredada de la tragedia griega.

Autonomía desenvuelta en el tejido simbólico de la cultura antigua,

que dio nacimiento a la civilización moderna en un momento de descuido.


Emergió fecunda como hija de Prometeo, ladrón del fuego divino, 

regalado a la humanidad labradora de la tierra,

recolectora de esperanzas y de promesas de salvación.


Emergió desde las profundas cavilaciones planetaria como Tunupa volcánico, 

arañando con los dedos de fuego la concavidad atmosférica curvada 

en la gravitatoria búsqueda aventurera de la nada.


Emergió de la mirada incinerante del jaguar merodeando 

las profundidades de la selva,

que se agazapa escondido antes de saltar 

sobre su presa desprevenida.

El donador del fuego y los secretos de la cocina 

para el consumo cultural de lo cocido.

 

Desde los socavones horadados surge la consciencia histórica.

Los hombres de la macapacha entablan relaciones con las vetas minerales,

persiguen sus rutas caprichosas para arrancarlas de su sueño sideral,

sacarlas de su letargo geológico para entregarlas a la vorágine 

de la producción compulsiva de la cosificación embriagada,

que deja abismales huellas de muerte inscritas en el espesor territorial. 


Las mujeres palliris seleccionan con sus manos callosas

las piedras más valiosas, que esconden su contenido ambicionado.

Las comunas merodean el Apocalipsis del saqueo,

conmocionadas por la profanación desorbitada.


Dejan de labrar para emplearse en la empresa de la destrucción.

En la espera padecida de la extracción industrial de la vida,

ocasionando que al final queden los cementerios mineros

poblados de fantasmas que rumian sus recuerdos. 


En la ciudades abigarradas las multitudes recorren las calles atiborradas de ferias,

marchan por las avenidas con pancartas y banderas, 

cantando consignas contra el monstruo del Leviatán

y contra la cabeza de medusa de los proliferantes fetichismos, 

artefactos de la difusa neblina de la ilusión, 

instrumentos del espectáculo de la simulación.

Los cuerpos congregados fluyen como magma incandecente fundiendo las instituciones.


Es cuando sabemos que todo depende del devenir de la potencia creativa,

de la imaginación radical de los seres en resistencia. 

Es cuando tenemos certeza de nuestra trayectoria única,

la oportunidad singular de realizar la inmanencia contenida en el cuerpo vital.






















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