Félix Santos

 

Félix Santos

(Segunda versión)

Sebastiano Mónada


 Este poema se publicó en el 2015 en OIKOLOGÍAS.






Félix Santos,

aymara de Aroma.

Fruto de semilla cultivada

por siglos insistentes.

Fundador del katarismo.


Canción de piedras y de vientos

repetidos a pulmón por las zampoñas

Hombres y mujeres bronceadas

a fuego regalado en ráfagas,

por el astro Inti, deidad andina.

Curtidos a soplo de la brisa helada.

Convocados por la serpiente luminosa,

serpiente alada aposentada en cumbres nevadas, 

lágrimas plateadas de la luna.


Estrellas hechas trizas por excesivo encanto.

Su polvo de recuerdos depositado en blanco

poncho extendido sobre las musicales curvas

de la excelsa muralla de la cordillera inquieta.


Propósito político forjado a martillazos,

despertando en los yunques fraguados.

Fantásticos sueños de llamas y de alpacas,

Emanados cuerpos, profusos minerales

de los proliferantes archipiélagos andinos.


Efluvio intranquilo culto y civilizado

en la segunda mitad del ciclo luminoso.

Equilibrio fugaz del medio día

y la media noche de las constelaciones

del camino marcado por la euforia lechosa,

brotada de los senos voluptuosos y lúbricos

de estrellas precipitadas al abismo,

en la gravitación de las memorias,

recuperadas en las cavernas de la nada

del siglo ultimatista,

que gritaba arronjado:

¡O todo o nada!


Félix Santos,

dirigente campesino

en los escabrosos años

de las décadas perdidas

en la agonía filuda de bayonetas caladas.

Contraste belicoso con el tinku comunal.

Pugna entre cóndores y leopardos.

Complemento y choque del cielo y de la selva,

tocando en la atmósfera el fondo del volcán

Años abrumados de resistencias tercas

en repetidos combates permanentes

contra las dictaduras condecoradas

por las muertes sin nombres

y las calaveras clamando como luces

de la mancapacha.


Perene memoria golpeando las puertas

de las casas de parientes y amigos.


Félix Santos.

Incondicional del ajayu,

de la qamasa compartida.

Pasaste como vuelo de gaviotas en el cielo

y como estampida de vicuñas en la apacheta.

Dejando el recorrido duro de tus pies,

en la tierra abierta en surcos,

para la siembra y la cosecha

de tubérculos sumergidos, 

topos enrollados de invierno.


Profesamos el retorno cíclico,

bucle de luz navegante,

mirándose curiosamente la espalda.


Dragón mordiéndose la cola.

Retorno curvado al Ayllu.

Comunidad de entretejidas moradas.

Tupidas enredaderas de alianzas

de humanos y plantas,

de humanos y vicuñas,

de humanos y fuerzas vitales.

Ciclos de luz y aguas de plata.

Lágrimas de luna.

Territorios espesos guardados,

caldo suculento de humus

y de ritos creativos,

en las rotaciones de la tierra.

Descendencias consanguíneas filiadas

por las musicales sangres.

Alianza complementaria

de markas y de suyus.


Encomendamos nuestros cuerpos,

sus anhelos y suspiros conjugados,

a la profusa voluptuosa pachamama.

Ensamble, símbolo partido,

encajando de nuevo en encuentros furtivos.

La academia moderna y las comunidades ancestrales,

haciendo compartir en espontáneo juego

a los jóvenes de la ciudad y del campo.

La tierra y la utopía.

Entusiasmo por lo alterno.

Pasión inexplicable por la alteración.

La pelota de futbol, la cancha improvisada.

Arquitectura comunitaria adecuada al retorno,

a la meditación insomne del Altiplano,

al perfil raso de los cerros.

Apus vigilantes de la puna.


Recuerdo tu dirigencia tenaz,

tu compromiso temerario,

después de la masacre del Valle,

consumando un bloqueo de caminos,

en la apacible ciudad india de Lahuachaca.

Apoyando a los jilatas y a las qullacas quechuas

del pródigo Valle de Cochabamba.

Te hostigaron por esta proeza temeraria 

de las envolventes hazañas.

Sitiando ciudades somnolientas,

siguiendo el ejemplo de tus antepasados,

cuando se quebrantaba, rama desprendida,

el blando cordón umbilical de las instituciones.

Atado patrimonialmente por los republicanos,

entre los hombres y mujeres del campo.

Aymaras, quechuas, urus y chipayas,

de los distintos pisos de tierras altas,

que respiran la diseminación de los luceros.

Guaraníes, moxeños, guarayos y chácobos

de los distintos afluentes de tierras bajas,

que respiran la condensación oxigenada

de las narrativas vegetales de los bosques.


Roto el burocrático cordón umbilical

con el subalterno Estado boliviano.

Anulando repentinamente en la sublevación

el forzado pacto militar-campesino.

Anulando, canción de vendaval,

las huellas lejanas de la conquista,

en la irradiación rebelde.

Aboliendo en el acto

el pacto nacionalista afincado 

desde la incursión activa

de la inconclusa reforma agraria.


Anulando la historia inscrita en la piel,

corrientes de ríos desbordantes,

la paradoja señorial.


Jilatas y qullacas sembraron en la tierra

la pronunciación hermética de las piedras,

emergiendo de las entrañas minerales

y de muchedumbres de raíces sedientas,

la magmática convulsión de los Ayllus.

Levantamiento originario insurgente,

llevando el nombre recurrente

del descuartizado héroe refulgente

en las planicies de Peñas.

Pronunciamiento rumoroso nativo,

variedad agitada proliferante

de cápsulas de tubérculos nutritivos.

Alzamiento de órganos compulsivos

y voces intérpretes del pasado.


Composición descolonial de los cuerpos.

Sinfonía de multitudes cantoras,

plasmando la consigna lanzada.

Rayos intempestivos de tormentas

del guerrero comunal naciente

de las entrañas minerales de la tierra.

Emergiendo volátil en los aíres transparentes

del cardinal Qullasuyu

el legendario Tupac Katari

¡Volveré y seré millones!


Se concentraron, desemboque de afluentes,

en confederación de pueblos tejedores,

en la cuna de Julián Apaza.


Pueblo insurrecto de Ayo Ayo

comprometiéndose en pacto de sangre

en la reiteración obstinada,

en la continuidad vinculante

de la antigua guerra inconclusa

anti-colonial de los achachilas.


Hombres y mujeres rudas,

de ponchos y polleras lugareñas,

de chullos y sombreros de ala ancha.

Anacrónica perennidad de vestuario

de la década de los veinte.

Mujeres alegóricas, danzas ceremoniales,

reiterando apoteósicamente sus notas corporales.

La transgresión irruptora de Bartolina Sisa

de inmensas trenzas largas.

Canciones milenarias de las galaxias,

de las noches embriagadas de ensueños,

atiborradas de constelaciones lúdicas.


Hombres y mujeres cobrizos como el verso

de Cesar Vallejo, el trovador insomne.

Consagración ceremonial de los órganos,

minerales vivos de los socavones iluminados

por la oscuridad sin espacio ni tiempo.

Pómulos salientes como en las pinturas

de Cecilio Guzmán de Rojas.

Alumbrando el entorno agitado.

Pasiones fulgurantes despertadas

de su sopor y largo sueño.

Irrupción de pututus de guerra

wipalas enarboladas en el horizonte.

Alborozados y flameantes arcoíris,

emplazados en la emergencia

de la convocatoria de los cuerpos.


Memoria larga de los ciclos

del agua y de los suelos devenidos.

Convocados a bramido de pututus

por las voces pasmadas

de los legendarios muertos.

Declarando la guerra renovada

al vetusto Estado republicano.

Continuación colonial de la conquista.

Félix solía hablar pausadamente,

amar la quinua real.

Frondosa y violeta como nota

primordial del amanecer.

Acompañada suavemente

de manchas blancas de acuarela.

Pintada por la brisa y el frío.

Sembrada en Culli Culli.


Solía, acompañando al viento,

caminar con sus invulnerables piernas

de afable hombre fornido.

Reír suavemente como brisa matutina

en conversaciones despreocupadas.

Solía meditar en la montaña,

desvelado, insomne amauta,

por el destino de los jóvenes.

A quienes dedicaba

afecto cultivado por las lluvias

de aguas de las nubes,

de luces de reluciente sol.

Dedicaba su tiempo y sus charlas gustosas.

De mirada firme y convicciones labradas,

dedicó su vida entera

a la acuciosa dirigencia sindical,

a la promoción escrupulosa

de paladines iniciados,

a la siembra, al cultivo,

a la cosecha de los tubérculos

de la tierra tercamente fértil.


Se dedicó a querer a sus hijos,

a amar tácitamente a su mujer.

A almorzar entrañablemente

con los suyos.

A celebrar cordialmente

con los amigos.

A contemplar la vida

con ojos generosos.

Alegrándose, travesura colorida,

muchedumbres de alborotadas mariposas,

un poco por sus hazañas.

Entristeciéndose otro poco

por el menoscabo de corolarios.

En fin,

tasando la biografía

de manera optimista.


Lo dejó en la opaca penumbra

la enfermedad temprana de la pareja.

Mama t’alla de toda la vida.

Quien acompañó su aventura

de este viaje de retorno al Ayllu.

Cuando se llega a la edad de la razón,

quedamos irremediablemente yermos

como lejanos paramos abandonados.

Escoltados en caravanas de recuerdos

por nuestros fantasmas cenicientos.


Melancolía de pálida niebla,

viene de lejos custodiada

por la filuda desdicha.

Los achaques rebosan,

proliferan bochincheros,

insectos porfiados.


Uno de ellos

se convierte en el padecimiento

excavador del organismo.

Destruyendo toda vitalidad.

Es ese, el más testarudo,

el ángel sombrío,

encomendado de remolcarte al viaje

inescrutable sin regreso.


Félix Santos,

después de haber vivido tanto,

después de haber luchado

otro tanto,

después de haber mirado

con ojos de búho nocturno

y de vigilante águila diurna,

tantas veces los albores anaranjados,

tantas veces los crepúsculos ensangrentados,

después de haber visto,

en la pantalla de la experiencia,

a tantos gobiernos,

como ferias de carnaval,

al inicio de sus gestiones prometidas,

después, como carrozas fúnebres,

en la clausura de sus gestiones no cumplidas,

en su diversidad repentina,

después de haber comprobado,

en sabia ponderación de sus decursos,

todos terminan pareciéndose.

Son engranajes de la misma maquinaria,

chirriante como locomotora veterana,

del mismo reiterado pavoroso poder,

a pesar de sus matices y diferencias.


Félix Santos,

después de haber amado tanto,

tener amigos entre los conocidos,

enemigos entre los desconocidos,

deja su inscripción honda.


Huella indeleble,

en el espesor de la memoria,

en el hálito acorazonado del tiempo,

en la atmósfera pura como pensamiento,

de intocables vírgenes soñadoras,

del Altiplano inmenso.


Deja su huella indeleble,

estela lumbrera,

dibujando con sus ásperos dedos,

artísticamente, la trama secreta

del destino inventado.


Caminos de herradura,

senderos de acequias

y recorridos constantemente repetidos,

por pezuñas de rebaños perseguidos.

Todos van al mismo lugar.

Enunciado hierático de los sabios

y las adivinas escondidas

de largas experiencias registradas

en los troncos y en las arrugas.


Lo importante es vivir,

manteniendo el fulgor ardiente

de la esperanza bañada

en agua de las alondras

de las comunidades ancestrales.


Viajeras de la inventiva memoria,

afincándose en el espesor

del eterno presente.

 

 

 

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