Pachacuti
Pachacuti
Sebastiano Mónada
La tierra como crisálida inmensa
contiene en su metamorfosis
la serpiente alada.
Luminosa como sol escondido
en las entrañas de la nada.
En la alborada rompe la membrana,
que la alimenta, que la cobija,
durante su gestación prolongada.
Vibrantes flujos sanguíneos
y urdimbres de filiaciones clánicas,
alianzas de ayllus en resistencia
y nudos territoriales.
Invención y cultivo de multitudes.
La serpiente alada, katari en el cielo,
con las alas extendidas alza vuelo.
En su trayecto inventa un nuevo ciclo,
en otro horizonte nómada.
Surcando la tierra en sentido contrario
a la rotación del planeta acuático.
Sus ojos encendidos horadan suelos,
abriendo surcos profundos,
donde se guarda las semillas
en júbilo
contra los proyectiles de muerte,
abriendo heridas,
causando tormento,
infringido por los argonautas
del otro lado del Atlántico.
Descendieron intrépidos de sus naves,
montados en equinos despavoridos.
Llevando corazas metálicas
y en las manos espadas asesinas.
El ciclo se cierra ensangrentando el cielo,
agonizando en su crepúsculo de fuego.
Incinerando bosques y ciudades,
antes de concretar su muerte.
Cuando se reunieron las jefaturas
de las comunidades ancestrales,
conectadas por el lenguaje y la memoria,
se congregaron para la guerra.
Erguido, esbelto, se parapeta
con su comando de mallkus.
Rodeado por una atmósfera humana
de los condenados de la tierra,
que tejen con sus cuerpos y vestimentas
el paisaje vital de la rebelión.
Los apoderados de lo común,
en batallas del fin del siglo,
defienden el porvenir,
que se halla en el pasado.
Tejido de huellas hendidas
en el cobre repujado de la piel,
en el humus soñado del suelo.
La brisa ondulante revolotea,
alrededor del beso frío del aire.
Pensamiento abismal
que lucha contra el olvido.
Los pies desnudos con las ojotas,
las piernas cubiertas con el pantalón
blanco de bayeta de la tierra.
El chaleco simbólico tejido a mano,
la faja rodenando la cintura,
El unku cobijando al pecho,
el gorro rodeando la cabeza,
destacando al portador.
La chuspa colgada en la cadera,
la mano derecha sosteniendo el sable,
la izquierda agarrando la vaina
donde se guarda el filo de la muerte.
El apronte romántico en la víspera
del fragor del combate sangriento.
El cuerpo contenido por el mundo,
replegado en sus huesos sabios.
Hendido en los músculos y nervios,
vibrando invisible en el silencio.
Los pómulos salientes,
argumentos nativos,
escultura en un rostro curtido
por el vendaval del tiempo.
Mirada altiva y somnolienta,
perdiéndose en la lontananza
de pensamientos escrutadores.
Aparecen fantasmas en el horizonte flotante.
La guerra ha comenzado,
el desenlace es incierto.
Las batallas se dan en la espalda
del Altiplano inmenso,
El ejércicio del sur ha sembrado desconcierto
y desatado torbellino de zozobra,
abusando hasta el cansancio,
reprimiendo implacable
y asesinando sin miramiento.
Quimera abominable.
Marca hundida de herencia colonial
en despliegue del tiempo social.
En Ayo Ayo se da la revancha,
antagonismo en tiempo atormentado,
aniquilando a la columna
de nombre Sucre.
Homonimia recurrente en el lenguaje.
En Mohoza se zanja contra avanzada
del ejército liberal en movimiento,
para reforzar en el valle
otro destacamento amotinado,
recorriendo la ruta hacia Cochabamba,
Irradiación dramática de la contienda.
Desavenencia en confusión bélica,
secuencia de batallas atroces
y recorridos enrevesados
de la conflagración ciudadana.
La insurrección nace en el seno de la guerra,
develando el pacto inicial como fantasía.
El general del ejército comunitario
nació desnudo
en la localidad incierta
de nombre Imilla-Imilla.
La niña-niña eterna.
Paraje de recuerdos y nostalgias.
Añoranza de la aynoka fecunda
del ayllu Collanfeo,
emplazado en el cantón de Aroma,
de la célebre provincia de Sica Sica.
Itinerario de ubicuidades,
trayectoria dilatada
en los espesores del territorio.
La guerra de guerrillas avanza
incontenible.
Los willkas iniciados
en el rito,
armados de q’urawas,
piedras talladas por el viento,
sables incautados,
machetes oxidados
y tercos rifles,
enfrentan al pertrechado ejército unitario,
tiñendo de rojo el río Chunchullmayo,
que arrastra a los combatientes descuartizados.
Dos mil aimaras osados se lanzan,
en la batalla de Vila Vila,
en tropel contra los cañones,
silenciando sus bramidos de toro oscuro
herido mortalmente por el fuego.
Pablo Zárate Willka funda en Peñas
el autogobierno comunal,
ungiendo al jatunruna Juan Lero,
en ceremonia inaugural.
ejerciendo legítima política
devenida de la victoria,
presidente del esperado Estado Federal.
Promesa incumplida por el general
controvertido José Manuel Pando,
repitiendo sinuoso sendero de felonía.
Funesto mensaje del lúgubre heraldo.
Ingresan a la ciudad del Pagador
cincuenta mil guerreros insomnes
carnalmente dotados
de coraje y vitalidad fogosa.
Rodeados por el ejército liberal.
Sitiados en su propia gloria encajonada.
Emboscada artera de conspiración estatal.
Los liberales arteros
cortan conexiones con las provincias.
Los willkas quedan aislados
por los juegos de poder
de los enemigos confrontados.
Los willkas son capturados
por sus sagaces aliados,
Torturados y juzgados
por los mismos verdugos
del estupor de los siglos
recurrentes de la colonia
y la república imitada.
Condenando al general aimara
a lúgubre prisión,
después de ganar la guerra federal,
que resulta una impostura central.
El comandante depuesto
escapa de la cárcel cruenta
un diez de mayo del tercer año aciago
del vertiginoso siglo ultimatista.
Traicionado por la comedia política
fue ejecutado en la hondonada
de la fatídica zona de Chu’llunk’iri,
denso tejido de momias fantasmales,
inmolando al héroe mártir.
Murió en la soledad heroica
que sus ojos avizoraron
escrutando señales del paisaje
el día intenso de la convocatoria.
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